REGRESO AL NANDA DEVI

Francisco Po Egea, escritor y fotógrafo de Viajes, cumple 75 años. Para celebrarlos regresa a la Reserva Nacional de la Biosfera del Nanda Devi (que con el pico de 7.816 metros es el más alto de India después del Kanchenjunga) emulando aquella travesía de cinco meses que hizo hace más de cuarenta años por el Himalaya, desde Cachemira y Ladakh hasta Sikkim, pasando por el norte de India y Nepal. Esta vez en compañía de un guía, cocinero y dos porteadores.

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El pico del Nanda Devi al fondo de la imagen.

Foto ©  Alok Prasad

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Por Francisco Po Egea para GEA PHOTOWORDS

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A MODO DE DESPEDIDA (sábado 24 de septiembre de 2011)

A mediados de Octubre de 1978, cuando estaba realizando mi travesía de cinco meses por el Himalaya, desde Cachemira y Ladakh hasta Sikkim, pasando por el norte de India y Nepal, una gran nevada nos hizo retirarnos, a mi porteador y a mí, cuando estábamos llegando al Santuario del Nanda Devi (Diosa Nanda), el pico más alto (7.816 metros), sagrado y bello del Himalaya indio. Nos hallábamos dentro del llamado Santuario exterior, un anillo de montañas  de siete mil metros, y para acceder a él habíamos atravesado, dos días antes, un puerto de más 4.200 metros de altitud, único acceso al citado santuario. Si seguía nevando, el puerto quedaría cerrado y nosotros atrapados para todo el invierno, es decir para siempre jamás.

Conservo grandes recuerdos de aquel trekking, en parte fallido, por uno de los lugares más recónditos y bellos de Asia.

El próximo 25 de Octubre cumplo 75 años, ¡increíble pero cierto!, y para celebrarlo el próximo sábado 24 me voy a India para volver a recorrer aquellos parajes y llegar, al menos, hasta el lugar del Santuario y la cueva en que dormí aquella noche anterior a la nevada. Esta vez no voy a conformarme con un solo acompañante; voy con guía, cocinero y dos porteadores; en parte por imposición de las autoridades que rigen la ahora Reserva Nac. de la Biosfera del Nanda Devi y en buena parte por mi propia seguridad.

Así  que os pido que me deseéis: ánimo y suerte.

Abrazos

Francisco Po Egea

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AVENTURA EN EL NANDA DEVI

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Morning tea, sahib”.

Las palabras me llegaron a través de unas nubes algodonosas sobre las que descansaba rodeado de devadasis semidesnudas que danzaban frente a un Shiva orgulloso y satisfecho, mientras por sus largos cabellos fluían las aguas del Ganges. Nos encontrábamos a solo unas decenas de kilómetros de las fuentes del río sagrado y yo había estado un par de semanas caminando entre templos, imágenes de dioses, peregrinos y shadus. No eran pues de extrañar mis sueños erótico-religiosos.

- “Good morning sahib, your tea”, insistió Pemba, fiel a la tradición de la India británica, todavía perfectamente conservada en esta zona del Himalaya.

Ahora sí, me despedí de las bellas sacerdotisas y abrí los ojos. Las nubes blancas se convirtieron en el techo tiznado por el humo de anteriores huéspedes de la cueva donde habíamos pasado la noche, y el altar de Shiva, en la entrada a la misma. Recuerdo que alguien había escrito en una de las paredes: Best five stars in the whole trip (el mejor cinco estrellas de todo el viaje) y otro: Putain de merde de cave (puta mierda de cueva). Los graffitis mostraba las apreciaciones tan diferentes y el estado de ánimo de los respectivos autores. Dejaban traslucir, además, el relajado humor del deportivo gentleman inglés y la afición a la protesta consustancial con el carácter francés.

Está nevando mucho”, dijo Pemba.

En efecto, por el irregular marco de la cueva se veían caer sin desmayo los copos blancos.

Deberíamos irnos cuanto antes”

¿Y no sería mejor esperar a ver si escampa?”, refunfuñé yo.

Si sigue nevando así y no llegamos pronto al Duranshi pass, igual ya no podemos salir de aquí en todo el invierno”.

Me incorporé de un golpe, medio cuerpo fuera del saco de dormir, y le miré sorprendido.

¿Me estas diciendo que tenemos que volver a toda marcha al puerto que cruzamos el otro día?. ¡Pero si los monzones acabaron hace días!”.

!Sí por eso. Esto ya no es una cola del monzón, sino las primeras nieves del invierno que deben de venir adelantadas. ¡Y quien sabe si van a durar solo hoy o una semana!”, concluyó Pemba.

Era principios de Octubre y nos encontrábamos en pleno Himalaya indio. Dentro del santuario exterior del Nanda Devi, un círculo de montañas y picos afilados de más de 7.000 metros el cual, a su vez, encierra el verdadero santuario, otro nuevo circo de paredones inexpugnables presidido por el Nanda Devi. Este, con sus 7.817 metros, es el pico más alto de India, uno de los más bellos, más aislados y el más cargado de leyendas. Su nombre significa diosa Nanda, una de las acepciones de Párvati, la esposa de Shiva. Hasta 1934 nadie había puesto pie en dicho santuario y el pico no fue escalado hasta dos años más tarde. Desde entonces poco más de una decena de escaladores habían hollado su cima y casi otros tantos habían muerto intentándolo.

Llevaba yo varios meses haciendo trekkings en solitario o acompañado de un porteador por algunos de los valles y montañas del Himalaya y acercándome, todo lo que mis medios me permitían, a sus principales picos : Kanchenjunga, Everest, Annapurna, . . . Si no fuera tan optimista -debido, sin duda, a que hasta entonces mis aventuras habían salido muy bien- no me habría atrevido a embarcarme en esta que ahora me ocupaba, llegar hasta el borde superior del citado santuario, echar una ojeada a su interior y fotografiar la montaña a mi antojo.

Mis propósitos tenían sus peligros pues se trataba de una marcha por terrenos totalmente deshabitados, fuera de las rutas de trekkings habituales y donde, asimismo, eran muy escasas las expediciones de montaña. Porque sí, el Nanda Devi era muy bello, la zona paradisíaca, pero exigía una larga y complicada marcha de aproximación para los porteadores y, esto era lo más importante, ¡no era un ocho mil!. Y, además, como era más difícil de escalar que varios de estos últimos, ¿que interés podía tener vencerlo en estos tiempos de marcas y records donde parece que solo los picos de más de ocho mil metros importan?. Pero yo había leído los relatos de los primeros exploradores y montañeros que habían recorrido estos parajes: Tom Longstaff, Eric Shipton, Tillman y Odell, y me había prendado del aire aventurero y romántico que desprendían sus narraciones. Así, lo había incluido en mi programa.

Pemba era mi guía y porteador. Lo había encontrado en Josimath, el pueblo/mercado que abastecía a toda la zona y que era también la base de peregrinación a los cuatro templos que marcan las sagradas fuentes del Ganges. Pemba era un bhotia, una etnia tibetana que, al igual que los más conocidos sherpas, llegaron de Tibet hace varios cientos de años y se instalaron en las vertientes meridionales del Himalaya. Mientras los sherpas ocupan la región del Everest, los pueblos bhotias, más numerosos, se extienden por todo el oeste del Nepal y por buena parte del Himalaya indio, incluida la zona donde nos encontrábamos. Desde que me lo recomendó el dueño del hotelucho donde me alojaba, me inspiró total confianza. Mediana estatura, cuerpo sólido pero con los movimientos ágiles de una cabra montesa y el aire siempre alerta de un felino. Sus ojos ligeramente rasgados eran sinceros y cordiales.

Ante su apremio, pues, aquella mañana, recogimos rápidamente nuestros enseres, nos cargamos las mochilas y sobre las siete emprendimos la marcha. No hacia el Nanda Devi, según mis primitivos planes, sino de regreso sobre nuestros pasos camino del mencionado puerto. El Duranshi pass, un collado a 4.480 metros de altitud, es una de las escasas brechas por las que se puede acceder al santuario exterior del Nanda Devi y que, por otra parte, ofrece vistas impresionantes de la pirámide inmensa de este pico y de una docena más de gigantes formados de paredes abismales de rocas y hielo.

Mientras marchábamos rodeados por la nieve, recordé como la precaria senda de la parte alta del paso “volaba” durante una treintena de metros encima de un precipicio sin fondo. Recordé que, en nuestra marcha de venida y un rato antes de haber llegado a ese lugar, nos habíamos cruzado con un grupo de una veintena de porteadores conducidos por su sirdar o guía. Uno de los porteadores había resbalado y caído al precipicio. Creían que había muerto, pues no había respondido a sus gritos, y como no llevaban cuerdas no habían podido bajar a comprobarlo. Venían de una expedición fallida para escalar el Dunagiri (7,066 metros) y las cuerdas se las habían llevado desde el campo base los sahibs para su escalada al citado pico. Pero estos, dos norteamericanos, no habían vuelto. Estuvieron esperándoles cuatro días y, luego, fueron en su busca. Solo habían encontrado la mochila de uno de ellos despeñada al pie de la pared. Habían emprendido el regreso convencidos de que la montaña se había cobrado dos nuevas víctimas.

Con estos recuerdos, las prisas de Pemba y su cara de preocupación, comencé a considerar el berenjenal en que me encontraba, seguramente superior a mis fuerzas. Pero seguimos caminando, ahora ya ascendiendo, sin pausas. Habíamos empleado cinco días desde Lata, último pueblo habitado de la zona, para llegar a la cueva situada en la parte inferior del circo junto al río. Habíamos cruzado el puerto a primera hora de la tarde del segundo día pero habíamos plantado la tienda al poco tiempo. Así que necesitaríamos al menos cuatro días para alcanzarlo de nuevo, si no cinco, teniendo en cuenta que la mayor parte del trayecto era de subida y caminando sobre la nieve. Si seguía nevando con esta intensidad, no hay duda que nos íbamos a perder y si llegábamos hasta el puerto, este estaría impracticable.

Empecé a pensar en mi vida pasada, en todo lo que todavía quería vivir, en mi madre y su desconsuelo, en mi padre que nunca había entendido el abandono de mi carrera profesional, en Ursula: ¿se daría cuenta ahora de que realmente sí me amaba?. Al cabo de cinco horas, paramos a comer un poco: el arroz que había quedado de la noche anterior, una lata de atún, galletas saladas y chocolate. Poco después del mediodía cesó de nevar, salió el sol, ilumino los bosques y los picos, nos calentó el cuerpo y alimentó nuestras esperanzas. Justo antes de que llegara la noche plantamos la tienda, hicimos el consabido arroz con lentejas, el té con galletas, nos enfundamos en los sacos y a esperar a la mañana siguiente.

Esta empezó nevando. A la altura que nos encontrábamos, unos 3.700 metros, la nieve tenía ya unos 30 cms. de espesor pero como todavía estaba dura por el frío de la mañana, avanzamos a buen paso. Sin embargo, a medida que subía la temperatura y crecía el espesor de la capa de nieve, la marcha se hizo más lenta pues nuestras botas se hundían más a cada paso. Sobre las once de la mañana salió el sol, la nieve se puso más blanda y decidimos descansar. Calculamos que estábamos casi a mitad de camino del puerto y si caminábamos cuatro o cinco horas más hasta la noche, las cosas no se torcían y al día siguiente no nevaba, podríamos llegar a la caída de esa misma tarde.

Apenas retomamos la marcha, una mancha roja sobre la nieve, unos doscientos metros más arriba en la misma ladera, nos llamó la atención. Cuando llegamos hasta ella nos encontramos con un hombre arrebujado en posición fetal y que apenas respiraba. Era grande, rubio e iba bien equipado con botas de escalada y un anorak rojo. Debía llevar varios días sin comer y otras tantas noches a la intemperie. Inmediatamente pensamos: “este es uno de los dos americanos del Dunagiri”. Empezamos a frotarle el cuerpo, lo incorporamos e intentamos darle a beber té del termo. No había forma. Parecía como si tuviera la mandíbula congelada y no pudiese abrir la boca. Insistimos dándole masaje suaves por la cara. Afortunadamente había conservado su gorro y este le protegía las orejas. Al cabo de media hora conseguimos que entreabriese los labios y, muy despacio, fuimos dándole de beber. Tardó en reaccionar y cuando, al fin, entreabrió los ojos, su mirada era vacía.

Se está muriendo”, dijo Pemba. “No podemos cargar con él”.

Yo me puse a llorar. Incontrolado. La tragedia en la montaña, de la que tanto había leído y oído hablar. Pero ahora la tenía delante. Descarnada e impasible. A pesar de su rostro azulado, sus cejas y su barba heladas, el hombre parecía joven. Tendría padres, quizás mujer e hijos, amigos.

-“Tenemos que intentarlo. No podemos abandonarlo así. Plantemos aquí la tienda

y mañana veremos”.

Pemba no dijo nada pero empezó a preparar una plataforma sobre la nieve. Yo

seguí frotando a Jack. Acababa de bautizarlo así. Cuando la tienda estuvo montada, lo metimos en ella. Mientras Pemba preparaba más té y una sopa, comencé a desnudarlo. Había perdido un guante y los dedos de su mano derecha presentaban signos de congelación. Los de sus pies, sin embargo, no tenían mal aspecto. Los froté hasta que entraron en calor y luego seguí con sus manos, sus brazos y su espalda. Con tanto ejercicio y en un espacio tan pequeño el que tenía calor ahora era yo. Pareció que se lo transmitía y empezó a balbucear. No entendí lo que decía. Lo enfundé en mi saco de dormir y le dimos más té, un par de aspirinas, vitaminas y sopa. Se quedó dormido o semiinconsciente. Difícil decirlo.

Cada dos o tres horas seguimos alimentándolo poco a poco. Al amanecer parecía algo recobrado. Si no había muerto durante la noche, se podía recuperar, pensé. No estaba en condiciones de dar un paso, pero tampoco podíamos dejarlo solo. Así pues decidimos que Pemba, ligero, sin nada que cargar, excepto algo de comida, se iría hasta el pueblo, donde podía llegar en un par de días, y volvería con varios hombres a buscarnos. El día había amanecido sin nevar y esperábamos que continuara así.

Los dos primeros días, tras la marcha de Pemba, pasaron sin sobresaltos. Jack -¡resultó que era su nombre!- se recuperaba poco a poco. No había duda de que era un hombre muy fuerte y bien entrenado. Efectivamente era uno de los dos norteamericanos del Dunagiri. Cuando la tarde del segundo día, ya bastante recobrado para hablar, le pregunté por su compañero, cerró los ojos y balbuceó:

Murió. …. Por mi culpa. Sí hubiera ido yo delante, no le habría pasado nada”.

Luego se arrebujó con el rostro entre los brazos y comenzó a sollozar. Guardé silencio

esperando que se calmara y me contase como sucedió. Pero durante un buen rato no dijo nada. Después habló entrecortadamente. Logré entenderle que su compañero se había despeñado cuando, desencordados, se hallaban a mitad de camino del descenso. El, sin apenas comida y muy fatigado, se había perdido.

En la mañana del tercer día se acabó el gas del infiernillo. Ello suponía que no podíamos hacer té, ni sopas, ni arroz, nuestros principales alimentos. Nos quedaban algunas galletas, un poco de chocolate y un par de latas de sardinas. Teníamos comida para un día y luego tendríamos que arreglarnos con intentar disolver los sobres de sopa y arroz machacado en el agua. Esta, afortunadamente, no nos iba a faltar. En algunos lugares la nieve se derretía y era fácil recogerla.

Pasaron los cuatro días previstos y Pemba no había vuelto. El tiempo sin embargo era bastante bueno. Nevaba intermitentemente y había bastantes horas de sol. Apenas teníamos que comer. Si no llegaban hoy a rescatarnos, tendríamos que intentar llegar al puerto y desde allí descender hasta el pueblo mientras tuviéramos fuerzas. Jack estaba casi recuperado. Me había acompañado a buscar agua y habíamos hecho ejercicios gimnásticos los dos juntos. Estaba de acuerdo con mi plan y continuamente me repetía: “thank you, thank you my friend, we will do it, you are the best” (gracias, gracias, amigo mío, lo conseguiremos, eres el mejor).

A la mañana siguiente amaneció otra vez nevando. Dejamos la tienda y demás enseres y solo con lo puesto, la cantimplora llena de agua, mi saco de dormir y una sábana de supervivencia para el bivouac que tendríamos que hacer aquella noche, partimos. La silueta del Dunagiri a nuestra derecha y la del pico de Lata casi a nuestro frente nos marcaban la dirección a seguir. Al mediodía, nuevamente, salió el sol, pero a la tarde surgió una niebla espesa. Hubimos de pararnos. Si seguíamos, acabaríamos perdidos entre los precipicios a ambos lados de nuestra ruta. Sin nada que comer esperamos, pegados el uno contra el otro, arrebujados en la noche, la llegada del día con la esperanza puesta en una meteorología propicia.

Amaneció por fin. No nevaba pero a medida que íbamos subiendo, la nieve estaba más profunda y espesa. A ratos nos hundíamos hasta la cintura. Nos costaba avanzar. A media mañana, extenuados por el hambre y el cansancio hubimos de parar. Pensaba que estábamos a solo un par de horas del puerto, pero no podía con mi alma. Jack estaba todavía peor que yo. Descansamos un largo rato. “Vamos Jack, un último esfuerzo”. “Venga sí, vamos”, nos animamos mutuamente. Llegamos a una ladera muy inclinada barrida por el viento. La nieve se había transformado en hielo. Volví la cabeza. Jack no me seguía. Lo vi tumbado en la nieve.

Go, go (sigue, sigue), me gritó, pero él no se levantaba.

Yo tampoco podía más. Desenganché del cinturón la cantimplora, me la lleve a los labios y perdí pie. Resbalé en el hielo, caí hacia atrás y empecé a deslizarme cuesta abajo. Pensé, “de esta ya no salimos”, pero pude sujetarme a unas matas que sobresalían. La cantimplora rodó ladera abajo. Golpeó una roca. Saltó en una parábola y, al caer, golpeó la siguiente. Su sonido metálico levantó un bando de palomas nivales. Oí su aleteo rápido. Pemba y sus hombres, doscientos metros más abajo también las oyeron y las vieron pasar sobre sus cabezas: “son los sahibs que las han levantado”, pensaron. Subieron en nuestra busca. Estábamos salvados.

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Francisco Po Egea es escritor y fotógrafo viajero. Ha publicado cientos de reportajes y fotos en VIAJAR, Rutas del Mundo, Visa ORO; RONDA y EXCELENTE de Iberia, Altair, GEO, El Pais Semanal y Domingo, Periplo entre otras revistas especializadas.

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