RESCATANDO EL MAÑANA

Dos meses atrás se inauguró en un recóndito rincón de la selva brasileña un Centro de Atención y Asistencia de Salud Natural, levantado por el médico navarro Diego Arregui, para recuperar las tradiciones del uso de plantas medicinales que se están perdiendo en la Amazonía. Hace unos años, Arregui contactó con un chamán de la tribu de los Katukina que le inició en este conocimiento y recibió a su vez ayuda para tratar otras enfermedades, como gripe y hepatitis, llevadas por los occidentales y para las que los indios no tienen cura. Esta es una bonita historia de intercambio, rescate y reconocimiento entre dos mundos, dos sabios y dos formas de ver la vida a través del universo vegetal del bosque más grande del mundo.

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Diego Arregui, naturópata. El veneno de estas ranas aporta defensas para el organismo humano.

FOTO  ©  Patxi Uriz

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Por Juan Carlos de la Cal, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Bastó la mirada de dos sabios para sellar un histórico encuentro. Dos mundos unidos en el corazón de dos “hombres medicina” separados por 14.000 kilómetros, un océano y muchos siglos de indiferencia. El que recibe es pequeño, apenas un metro cincuenta de indio, musculoso, moreno y con edad ya de ser abuelo. El que llega tiene los ojos azules, la piel blanca, 44 años y el alma en vilo de un mensajero. Una floresta majestuosa, en los confines de la selva amazónica brasileña, les ofrece un escenario perfecto. Plantas, plantas, plantas. O, lo que es lo mismo,medicinas, medicinas, medicinas… Porque esto es lo que les une. Una pasión genética por los remedios que esconde esta farmacia natural que les acoge.

Estamos en Samauma, una de las nueve aldeas de los indios Katukinas en el estado brasileño de Acre. El hogar del Pajé Aracá, hijo y nieto de chamanes-curanderos de la tribu, hijo también de esta selva de la que cada día recibe un nuevo secreto. El blanco que se baja de una vieja camioneta es Diego Arregui, navarro de Puente La Reina, médico naturópata, con consulta y laboratorio en su pueblo, autodidacta y viajero incansable por todo el mundo en busca de esos mismos secretos con los que trabaja Aracá.

La carretera hasta la aldea Katukina es de nueva construcción. Con las máquinas que ya se fueron se marchó también parte de la identidad de estos indios con una cultura tan antigua como la propia selva. Es la historia mil veces contada –y nunca lo suficiente- del destrozo que produce el contacto descontrolado de nuestra civilización con estos pueblos desnudos de nuestro progreso. “Ya nadie quiere cantar por los enfermos” se queja Aracá a Diego cuando éste le pregunta por las secuelas que ha dejado esa “epidemia” para ellos llamada desarrollo.

El pajé se refiere a lo difícil que es encontrar a alguien en su pueblo que siga la tradición de yerbero que él recibió de sus ancestros. Con la carretera llega la televisión, con ella se van los sueños porque los indios se acuestan más tarde y ya no madrugan para contárselos antes de que amanezca; se acercan los puestos donde se puede comprar alcohol y los jóvenes ya no quieren acompañar a los mayores en sus fiestas tradicionales; y llegan, como no, esos dolores que no pararon en el STOP del desvío a la aldea, dolores extraños que intentar eliminar con pastillas extrañas repartidas por doctores extraños en los pueblos de los colonos cercanos.

Diego ha tenido que superar varias pruebas hasta llegar a este punto de contacto. El miedo y el rechazo a un extranjero blanco viene dado por todo lo anterior. No se fían. Ya vinieron otros buscando plantas. En otras aldeas, de otras tribus, se las dieron. Se las regalaron. Años después se oían historias de medicinas que habían hecho millonarios a esos visitantes sin que a ellos les diesen ni las gracias. La Conquista continúa. Los indios lo saben. Ahora sin banderas ni cruces. Pero con la misma codicia y violencia.

El navarro sabe mucho de eso. Por eso es tan popular en el valle de Valdizarbe. Lleva 25 años estudiando alimentos naturales, plantas medicinales y especias de medio mundo con los que prepara sus remedios. Atiende a más de 300 pacientes mensuales. Su agenda está llena con un año de antelación.  A través de sus numerosos viajes por lugares remotos de Asia, África y América latina intercambió conocimientos con asociaciones de curanderos y chamanes de diversas comunidades indígenas. En casi todos los lugares los viejos curadores estaban en peligro de extinción. Sensibilizado por la desaparición del conocimiento sobre el uso de las plantas medicinales, al regreso de su viajes se dedicó a documentar y rescatar los últimos conocimientos populares de su tierra sobre pomadas, jarabes y hierbas con sus nombres autóctonos. Por eso está aquí. Diego reconstruye una forma de salud y entendimiento donde une la tradición yerbera milenaria con los nuevos usos y aplicaciones de la era moderna.

 

FARMACIA VIVA

 

Un encuentro de dos culturas que se aúnan para darse la mano en pro de la ecología, la salud y el progreso. Su trabajo trata de reivindicar la farmacia viva en un terreno hostil, trata de abrir la puerta al conocimiento cultural del uso de vegetales milenarios que vienen acompañando al hombre desde el comienzo de las eras, trata de recuperar esa “memoria vegetal” que anida en los más viejos entre los viejos.

“En la última década, el desinterés de los más jóvenes atraídos por el mundo moderno y la pérdida gradual de las costumbres y creencias, les ha convertido en una población carente de recursos medicinales. Resulta alarmante lo rápido que están perdiendo su conocimiento natural”, afirma Diego refiriéndose a la situación de los Katukinas. Hace 12  años, cuando llegó aquí en su primer viaje, le pidieron que atendiese a varios niños con gripe. Les curó con sus remedios en tiempo record.

En la siguiente visita llevó tratamientos contra la hepatitis endémica que existe en la zona y algunos pacientes fueron mejorando. Su fama de “hombre medicina” blanco se fue extendiendo por este rincón del valle del río Juruá.

El río es uno de los grandes afluentes del Amazonas. Con sus 3.000 kilómetros de recorrido, figura entre los 10 mayores del mundo.  En su parte más elevada, cerca ya de la cordillera de los Andes, abundan los lagos, las cascadas, fuentes termales y hasta valles de piedras entre tupidas e inmensas vegetaciones. Constituye el llamado Parque Nacional de la Serra do Divisor, un paraíso natural que abriga la zona de mayor biodiversidad del planeta, con más de 5.000 especies animales.

Durante miles de años estuvo habitada por medio centenar de tribus indígenas hasta que la colonización, en los siglos XIX y XX, de inmigrantes fue difuminando su existencia. Sin embargo, esta es una de las regiones más vírgenes del Brasil y donde la cultura india se conserva aún con mucha fuerza, con mucha profundidad y con todo su misterio.

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Ecovilla sobre el río Croa. Alto Juruá, Amazonas.

FOTO  ©  Patxi Uriz

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La economía de toda la zona es de mera subsistencia. Todavía quedan muchos seringueiros (recolectores de caucho), aunque este producto ya no es apenas rentable a causa de la sustitución de su uso por derivados del petróleo. Las frutas tropicales, el comercio con Perú y el incipiente turismo son otras fuentes de renta locales con bastante futuro por delante. Muchas familias apenas superan los ingresos diarios equivalentes a un euro diario por persona y día, y los servicios sociales (salud y educación principalmente) no son suficientes.  Un contexto adecuado para un recién llegado con ganas de ayudar.

Tanta ha sido la demanda, que el médico español abrió informalmente una pequeña consulta en las tierras que compró cerca de Rodríguez Alves, un pueblo de unos 15.000 habitantes a unos 40 kilómetros de Cruceiro do Sul, -100.000 habitantes- segunda ciudad en importancia del estado de Acre-, que despierta con tranquilidad al empuje irresistible de los nuevos tiempos. Una ciudad a la que no es fácil llegar. La carretera que la comunica con el resto de Brasil apenas funciona dos meses al año y las embarcaciones de gran calado sólo pueden arribar al puerto del río en la época de lluvias. La comunicación aérea es, sin embargo, buena con un digno aeropuerto.

En este aparente aislamiento radica, precisamente, su belleza. Está más cerca de la ciudad peruana de Pucallpa (253 km) que de la capital del Estado, Río Branco (653 km), lo que le aporta también ese aire encantador de ciudad fronteriza. Sus noches hacen honor a su nombre y la visión de la cruz estelar en el firmamento anima el alma del viajero.

 

JARDÍN DEL EDÉN

 

Arreguí y su mujer, Lilian Candiani, brasileña de Sao Paulo, y fundadora de la ONG navarra NATAL, compraron un buen lote de hectáreas de floresta con la idea de preservarlo como una especie de “jardín del Edén” en el que replantar todas aquellas especies con posibilidades medicinales e investigar con ellas. Rehabilitaron una vieja casa de harina, se montó el primer secadero para los vegetales que se recolectaban en la región y junto a él abrieron dos salas para atender las personas del asentamiento cercano: unas 40 familias. Dos de ellas ya trabajan de continuo en el secadero y otras tres ocasionalmente. Lo han bautizado como Centro de Atención y Asistencia en Salud Naturala las poblaciones locales y va a ser inaugurado oficialmente el próximo 3 de diciembre, festividad de San Francisco Javier.

“Por la mañana salimos al interior de la selva con una carretilla y  un machete. Hay tantísimas variedades de plantas por metro cuadrado que es como entrar en un túnel verde lleno de vida. Recolectamos algunas de las que conocía con propiedades medicinales y las separamos, lavamos, cortamos y secamos en redes a la sombra. Nos ayudan los niños y una familia de vecinos. Pronto se corrió la noticia que un extranjero hacia medicinas con hierbas y comenzaron a llegar los primeros casos”, recuerda Diego haciendo una memoria histórica de cómo fue su llegada.

Enterados del éxito del “médico europeo” entre la población más pobre de esa selva, las autoridades empezaron a pedirle también ayuda para sus propios tratamientos. Alcaldes, políticos, comerciantes y militares difundieron así, a otro nivel, las bondades de la medicina que tradicionalmente habían negado por su educación cartesiana. “Con sorpresa nos dimos cuenta del poco valor que daban las familias de colonos a los remedios naturales que las comunidades indígenas utilizan en la zona. Más adelante, tras verificar la eficacia de algunas plantas y desechar otras tantas, comencé a comprender que no había tanto conocedor de remedios populares o tradicionales. Y eso me produjo una cierta alarma. Me parecía normal que alguien que viva en Nueva York no sepa nada sobre las plantas de Amazonas o sus propiedades, pero que la gente de aquí  no conociera al menos unos primeros auxilios, me pareció peligroso”, añade el navarro.

Con la creación de este pequeño centro de salud, las comunidades locales están aprendiendo a confiar de nuevo en sus ancestrales remedios para curar todo tipo de enfermedades. Diego les enseñó a sus improvisados ayudantes a usar las plantas secas (la cultura india sólo las emplea húmedas), elaborar cremas, unguentos balsámicos,  a transformar en una palabra lo que les ofrece ese inmenso botiquín que tienen a la puerta de sus casas. También les aconsejó sobre como defenderse de los virus y bacterias llegados desde fuera, a protegerse de ellos mediante medidas higiénicas y a emplear sus escasos recursos económicos en profundizar en lo que ya saben antes de gastarse lo que no tienen en las modernas farmacias de la ciudad.

“Tuvimos que comenzar educando de un modo muy suave en lo referente a la deforestación indiscriminada y la tala de árboles centenarios y milenarios, que en el mercado internacional son artículo de lujo, pero que a ellos les proporciona alguna saca de harina de mandioca y poco más. Muchos, pasados los meses, confesaron que sentían un gran  respeto ahora por los árboles y las plantas ya que de ellas obtenían grandes beneficios desconocidos hasta la fecha. Comenzamos a plantar hierbas medicinales, hortalizas, verduras y frutales, todo con semillas procedenes de Navarra», aclara Diego.

Otra de las funciones del centro es recuperar especies de plantas amenazadas de la zona. Al resto las dejan  en sus “Reinados”, que es como denominan los indios a los lugares donde las plantas tienen predilección y abundan sin que intervenga la mano del hombre. “Esas regiones están catalogadas  y les colocamos los carteles para saber sus nombres Indígenas, populares y científico si lo tiene. También sus propiedades o si es una planta toxica” nos sigue explicando Diego. “Este sistema de farmacia viva favorece a aquellos que tanto en el trabajo de campo, recolectando  o cultivando, tienen el gana pan de cada día, como a los que se benefician del empleo de los remedios naturales en las proximidades de sus casas.  Un medio de cooperación que ayuda a la agricultura sostenible en una región donde sus primeros moradores eran apenas cazadores, favorece la preservación medioambiental y cultural, fomenta el empleo con  la elaboración de preparados nutritivos y medicinales y es un método inofensivo de mantener la salud a un bajo coste”.

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El chamán Pajé Aracá con el naturópata Diego Arregui.

FOTO  ©  Patxi Uriz

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El pajé Aracá es su principal aliado en esta misión. De él ha aprendido el uso  de remedios como el Pau de Arco, una corteza de árbol que se ha mostrado muy efectiva contra el cáncer y la leucemia; el Jaborandi o pimienta longa que los katukinas usan para tratarse el hígado y que Diego ha descubierto también su utilidad para el tratamiento de enfermedades medulares degenerativas; el Sanango, una planta con la que fabrican un colirio para regenerar la córnea y eliminar enfermedades virales del ojo y clarificar la vista. “Los ancianos la usan desde tiempo inmemorial y no necesitan gafas. Además, según ellos, quita la ira de la mirada y te abre la visión espiritual», explica Diego.

Uno de los remedios que más le ha llamado la atención por sus efectos curativos inmediatos es de origen animal. Se trata del  Kambó  o vacuna del sapo como también le llaman,  el más tradicional de los remedios indígenas del Amazonas. Se obtiene de la secreción de un sapo, la phyllomedusa bicolor, en cuyo líquido los científicos han hallado propiedades antibióticas, contra el sida y el cáncer.
Además estimula la fertilidad, depura de tóxicos el organismo y sirve como regulador hormonal para las mujeres. La mayoría de las tribus asentadas en la frontera de Brasil con Perú lo usan. En los últimos años se está dando el caso de que algunas aldeas indígenas están siendo frecuentadas por una legión de occidentales enfermos, casi desahuciados por la medicina moderna, a los que les va bien su aplicación porque les refuerza el sistema inmunitario.

Un médico italiano lo patentó en los años 80. Después fueron aisladas dos sustancias: la dermorfina y la deltorfina. La primera de ellas, 300 veces más potente que la morfina, es la causante de una nueva generación de analgésicos comercializados desde 1998 por los laboratorios Abbot bajo el nombre de ABT 694. Un gramo vale 1.000 euros y los sapos se venden a 400. Están desapareciendo. Los beneficios se calculan en 500 millones de euros. Los indios no han recibido nada a cambio…

El uso de los remedios indígenas lleva aparejado el uso de oraciones y creencias sin las cuales el doctor está convencido de que no serían tan efectivas. Este es el caso de la Ayahuasca, la bebida milenaria utilizada en toda la Amazonia por las tribus indígenas desde hace milenios para recibir las visiones que conforman su mundo espiritual. Es el producto de una infusión entre una enredadera y una hoja y los indios la toman en sus rituales también, entre otras cosas, para ver el origen de esas enfermedades traídas por los blancos y que les diezman sin piedad. A través de ella muchos chamanes, para los que el origen de las enfermedades siempre es espiritual, dicen “hablar” con las plantas y saber para que las pueden usar.

Precisamente el uso de estas plantas sagradas dio pie en el pasado reciente a conflictos religiosos con grupos de colonizadores evangelistas, muchos de ellos procedentes de Norteamérica, amparados por organizaciones como el Instituto Lingüístico de Verano, ILV, con muy mala prensa por toda la Amazonia. “Los misioneros llegaron poco después del primer contacto” recuerda Aracá. “Primero nos obligaron a vestirnos, luego de enseñarnos el portugués pretendieron que no hablásemos en nuestra lengua nativa y finalmente intentaron prohibirnos el uso de nuestras plantas de poder. Hubo una rebelión y conseguimos echarlos. Hoy están fuera de las aldeas”.

Viniendo de donde viene, a Diego, esta historia no le es del todo desconocida. En su Navarra natal están documentadas las creencias en mitos y leyendas que hasta el siglo XVII sobre la sabiduría ancestral que poseían las mujeres de antaño usando el poder de la naturaleza para curar enfermedades antes de que ardieran en las hogueras de la Inquisición. A Arregui se le viene a la memoria los paseos por el bosque de Basajaunberro, cuyo nombre homenajea a un legendario personaje de la mitología vasca, Basajaun, que vigila los pasos de todo aquél que se adentra en el bosque; las brujas de Zugarramurdi; el Valle de Malerreka, donde empezó todo; las historias de meigas y sorgiñak, del antiguo conocimiento de las plantas y artes curativas; las tumbas, dólmenes y menhires de Eunate…
Las mismas historias, quizá, que escuchó en su día su paisano Pedro de Ursua, cuando recorrió por primera vez el río Marañón, en 1542, en busca de ELDORADO que nunca encontró.

También, mirando en el firmamento estelar esa Cruz del Sur que tanto ha inspirado a los navegantes de los Mares del Sur, el navarro recuerda como el Camino de Santiago, del que Puente La Reina es un punto clave, era el Camino que los druidas de todas las naciones celtas – las más lejanas en Finlandia o Turquía- debían hacer para doctorarse y permutar conocimientos, acabando en Finisterre, el Fin de la Tierra, desde donde se podía oír el estruendo de las aguas cayendo al abismo…

Llueve.Quién no ha visto caer el agua sobre la selva no sabe lo que es llover. Es imposible hablar bajo el ruido ensordecedor de las gotas golpeando las hojas de los árboles. La tierra desaparece bajo los charcos. Todo está empapado. La cuenca amazónica evapora siete trillones de toneladas de agua cada año a la atmósfera. La mitad vuelve a caer sobre ella. Es la fuente del ciclo de la vida más majestuoso que existe.

El periodista no puede por menos que recordar que el Valle del Javarí, el lugar del mundo que alberga a más tribus de indios aislados del planeta, está justo encima de la aldea katukina (Cruceiro do Sul es, de hecho, la puerta de entrada sur de este valle). Allí, la hepatitis está exterminando a poblaciones enteras de indios aculturizados. Se está dando el caso, incluso, de que algunos de estos indios aislados están volviendo a las cabeceras de los grandes ríos en busca de la ayuda del hombre blanco porque no saben como parar estas epidemias que les han contagiado los madereros o buscadores de oro.

Por algo, el llanto de Davi Kopenawa, el Dalai Lama de los yanomamis, es la mejor recomendación para unos tiempos que la historia recordará siempre como los de la Era del cambio climático: “Debemos escuchar el llanto de la tierra que está pidiendo ayuda. La tierra no tiene precio. Ustedes tienen que dejar a los yanomami vivir y preservar la naturaleza. Porque la naturaleza nos da la salud, la alegría. Tenemos que dejar que la selva viva. No podemos dejarla morir…”.

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