RISE – RETRATOS DE ESPERANZA ÁSPERA

Detrás de las lentes, detrás de los dedos y los ojos que disparan con precisión de cirujano está el proyecto `RISE: Images of Life Change´. Un proyecto que busca realzar el trabajo de todos aquellos `líderes de base´ que han logrado mejorar la vida de las poblaciones de su entorno. En total, 11 millones de personas de Burundi, China, India y Zambia, entre otros países. En palabras de Steve Macleod, comisario principal del proyecto, `RISE es un conjunto de bellas fotografías que remarcan historias de gente ante sus retos´. Y añade, `no sólo captura lo que los fotógrafos vieron, sino que es la prueba de que las vidas cambian positivamente a lo largo del mundo´.

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Portada del libro RISE


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Por Álvaro Ramírez Calvo para GEA PHOTOWORDS

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Edward está feliz. Muy feliz. Vestido con una chaqueta gris, camisa y pantalón beige, y tocado con un gorro, sonríe sin fisuras, mientras agarra la mano de un joven a su lado. Le rodean varias personas, y todas comparten la misma sensación de felicidad, aunque Edward es el epicentro incontestable. Ha recuperado la visión después de años de enfermedad. De por sí esto es una buena noticia, pero hay un detalle que traspasa las barreras rígidas de lo cotidiano: Edward Koni ha recuperado la vista en un hospital de Zambia. No ha tenido que costearse un carísimo viaje hasta un moderno hospital de Europa. No ha tenido que resignarse y padecer la condena de unas cataratas, que en África casi son sinónimo de una ceguera paulatina pero aplastante. No: Edward Koni ha logrado lo imposible en Zambia. Una tierra, en principio, sin esperanza. En principio.

El momento en que Edward compartía su felicidad con los más allegados fue captado por Robin Hammond, un fotoperiodista afincado en Reino Unido. Un testigo que, junto con otros siete compañeros, se embarcó en el verano de 2010 en un ambicioso proyecto: recorrer más de 60.000 kilómetros en ocho países, buscando la otra cara del Tercer Mundo. Acostumbrados como estamos al discurso oficial y dominante, podría parecer que en las zonas esquilmadas del planeta no hay lugar para la alegría y el gozo, y todo son vientres hinchados, lamentos, fundamentalismo y pobreza. Pero la realidad es más que eso. También hay lugar para la alegría, el compañerismo y la salud.

Otro ejemplo. Un niño que no alcanza los diez años sostiene entre sus dedos una pastilla, blanca y reluciente, de apenas dos centímetros de longitud. Dentro de una cápsula tan pequeña se encuentra el motivo de su salvación. La de él y otros muchos. Cada comprimido cuesta menos de cincuenta centavos, y ayudará a combatir las innumerables enfermedades tropicales que asolan el África subsahariana. La imagen fue tomada por Abbie Trayler-Smith, fotógrafa galesa que recorrió Ruanda y Burundi embarazada de siete meses. Fue testigo de la curación de cientos de niños, como el que protagoniza su imagen, de un parásito intestinal. Al contrario que en la foto anterior, el niño no está exultante, como Edward. Nos observa con gesto serio. ¿Quién dijo que la esperanza era necesariamente feliz? La superación es un camino que se construye, que se pelea. Esperanza también es sufrir, pero de modo diferente a la resignación. Es algo complejo, y no un estado estático. Aunque, paradójicamente, se busque congelarla en una instantánea.

Estas fotografías, y otras muchas que comparten colección, son una cura para el mal reporterismo. Una sutura de las heridas que producen otro tipo de imágenes, aquellas que, esta vez sí, se centran en el dolor que no acaba, en el lamento profundo, en el vientre hinchado. Detrás de las lentes, detrás de los dedos y los ojos que calman con la precisión de un cirujano, está el proyecto “RISE: Images of Life Change”. Dicho proyecto busca realzar el trabajo de todos aquellos “líderes de base” que han logrado mejorar la vida de las poblaciones de su entorno. En total, 11 millones de personas de Burundi, China, India y Zambia, entre otros países. En palabras de Steve Macleod, comisario principal del proyecto, “RISE es un conjunto de bellas fotografías que remarcan historias de gente ante sus retos”. Y añade, “no sólo captura lo que los fotógrafos vieron, sino que es la prueba de que las vidas cambian positivamente a lo largo del mundo”.

Las imágenes van de héroes anónimos y de pequeños santuarios de salvación. Ahí está, por ejemplo, la Speed School, que trabaja en villas malienses como Sugula o Zonboungou. O el doctor Consity Mwale, el único oftalmólogo en una población de un millón de habitantes. O Mathilde Nigarura, una de las miles de personas que distribuyen medicinas para tratar enfermedades tropicales en Burundi. Gentes y lugares, en definitiva, que luchan contra una realidad tozuda, una realidad que ni es inevitable ni cae desde el cielo. Es una realidad áspera, sí, pero también una realidad consentida, bien por acción o bien por la dejadez del resto del mundo.

Nada de esto sería posible sin el apoyo de la fundación filantrópica Legatum. Esta fundación trabaja invirtiendo dinero en aquellos países que tienen los menores índices de desarrollo. Luchar contra epidemias, participar en las reconstrucciones tras una catástrofe natural, asegurar el acceso al agua potable o a unos mínimos niveles educativos… son sólo algunas de las tareas que desempeñan desde dicha fundación. Para Alan McCormick, uno de los directores de Legatum, “estamos encantados de apoyar la publicación de RISE, que celebra el deseo innato de cada ser humano por mejorar sus circunstancias y su potencial”. “En los últimos diez años, más de mil organizaciones de todo el mundo han recibido nuestro apoyo para fundarse y consolidarse, allí donde la necesidad era mayor. RISE cuenta las historias de estos héroes desconocidos que se hacen responsables por mejorar las comunidades donde viven”, asegura de nuevo McCormick.

Iniciativas como esta estimulan, una vez más, reflexiones en torno a la labor del fotoperiodismo. Habrá detractores que piensen que es un arma inútil, que no aporta nada nuevo en este mundo narcotizado por la saturación de imágenes. O que como mucho despierta el sentimiento de caridad, algo que dista mucho de solucionar los verdaderos problemas, muchos de ellos estructurales y que exigen medidas radicales. Pero a lo mejor de lo que se trata es de algo distinto, de otra cosa. Quizá estamos viendo el fotoperiodismo con ojos paternalistas, incluso hoy. Puede que la principal denuncia no vaya contra una situación injusta, sino contra el que observa la foto. ¿Podemos nosotros, desde Occidente, explicar el dolor, el sufrimiento, la pobreza insoportable del Tercer Mundo? Pensamos que sí, pero no. No mientras no lo vivamos en primera persona, como los fotógrafos de esta iniciativa, y por supuesto, como sus protagonistas. Hasta que eso no ocurra, la imagen, más que explicar y denunciar una situación injusta, denuncia nuestra ignorancia. No señala la pobreza, sino que señala a quien ve la imagen de la pobreza y se sorprende, se indigna, se pregunta cómo puede haber hambrunas en el siglo XXI. Este tipo de periodismo nos hace desnudos y pequeños. Por eso siempre es necesario.

La exposición ha estado en lugares como la galería Ana Tzarev, de Nueva York, y fruto del trabajo de los fotógrafos se ha confeccionado un libro elegantemente editado. En principio, no está previsto que la exposición llegue a España. Mientras esperamos, podemos seguir disfrutando de la alegría de Edward. Y también podemos mantenernos intrigados (o inquietos) ante la mirada, en parte desafiante, en parte curtida, del niño que sostiene en sus manos una pequeña pastilla blanca.

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Más información en la Fundación Legatum.

Puedes adquirir el libro haciendo click aquí.

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Álvaro Ramírez Calvo, riojano, ha trabajado en televisión, radio, gabinete de prensa y consultoría. Master en Comunicación social, actualmente colabora en diferentes proyectos relacionados con el cambio social y el desarrollo, y prepara una tesis doctoral sobre comunicación y conflicto.

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