SALAR DE UYUNI

Situado en el corazón del altiplano boliviano, el Salar de Uyuni es el mayor desierto de sal del mundo y uno de los escenarios más sorprendentes del continente americano. Y si tiene la suerte de atravesarlo después de una tormenta de lluvia, entonces el espectáculo es formidable.

El salar de Uyuni.

FOTO  ©   Alfons Rodríguez, miembro de GEA PHOTOWORDS

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SALAR DE UYUNI – Un paisaje de otro mundo
Por Gerardo Olivares, miembro de GEA PHOTOWORDS

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17 de enero. Hace diez meses que iniciamos nuestro largo viaje a través del continente americano. Atrás habíamos dejado los territorios salvajes de Alaska y del Yukón; las grandiosas Montañas Rocosas y los amplios desiertos del sur de Estados Unidos. Habíamos atravesado las impenetrables selvas de Tikal, sobrevolado los tepuyes de Canaima y navegado por buena parte del río Amazonas. Circulando por una polvorienta pista del altiplano boliviano, entre volcanes y montañas de 5000 m de altura, pensaba si quedaría algún lugar de este hermoso continente que me fuera a sorprender antes de alcanzar la Tierra del Fuego, nuestro final de viaje. Sin embargo, lo más formidable aún estaba por llegar y mucho antes de lo esperado.

Habíamos pasado varios días rodando en las islas del Lago Titicaca junto a los indios Aymarás y nuestro siguiente objetivo era el Salar de Uyuni, el principal destino turístico de Bolivia (unas 60.000 personas lo visitan cada año). Tomamos la Ruta 1 rumbo al sur, hacia la ciudad de Challapata, desde donde nos desviaríamos por la carretera 602 hasta la población de Uyuni. En Challapata paramos a repostar gasolina; Harto frío hace en el Salar, abríguense bien… nos dijo el hombre mientras llenaba los depósitos. La idea era atravesar su desolada superficie y posteriormente entrar en Chile por una pista que atraviesa los Andes. El Salar de Uyuni está situado a 3650 metros de altitud, en pleno corazón del altiplano. Cubre una superficie de 12.000 km cuadrados y se estima que contiene 10 mil millones de toneladas de sal.

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Extración de sal.

FOTO  ©   Alfons Rodríguez, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Llegamos a sus orillas a media tarde de un día gris y las últimas lluvias habían creado una fina capa de agua que convertía el salar en un espejo perfecto, creando un paisaje absolutamente ficticio. Era uno de los espectáculos naturales más hermosos que había contemplado jamás. Ansiosos por adentrarnos en aquel mundo irreal, tomamos referencias, ayudados por un mapa y la brújula (en aquella época -1992- no se comercializaban los GPS), y después de marcar el rumbo, nos pusimos en marcha. Viajábamos sobre una superficie salina de 10 metros de espesor y sin embargo, con el reflejo del cielo tormentoso sobre el salar, parecía que estábamos flotando, o más bien volando en un mundo simétrico a través de un fantástico mar de nubes negras y amenazantes. Era una sensación muy extraña y totalmente nueva para nosotros, y así se reflejaba en el interior de los vehículos donde solo se escuchaban gritos de exclamación. Al caer la tarde, las nubes de aquel indeterminado horizonte se disiparon y el sol hizo su aparición. Decidimos parar a dormir en mitad de tan fabuloso escenario y, nada más detenernos, cada uno agarró una silla y se sentó a contemplar en silencio aquel espectáculo absolutamente maravilloso. En su diario de ruta, Fernando González escribió: Sobre el horizonte dos soles gemelos formaban un doble crepúsculo entre nubes de color cambiante. Después de un día buscándose, los dos soles se encontraron. El objeto y su imagen se hicieron uno y, como si cada mitad engullera a la otra, fueron desapareciendo en el horizonte, por una vez marcado, hasta hacerse un punto mínimo de luz. Después todo quedó envuelto en una blanca tiniebla. Cielo blanco, suelo blanco, horizonte blanco. Sin contornos, sin colores, sin referencias. El campamento quedó suspendido en una masa blanca de menguante claridad que recordaba a imaginarios paisajes antárticos.

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