SMUTNE OCZY – OJOS TRISTES

El 27 de enero se conmemora el 66º aniversario de la liberación de Auschwitz por las tropas soviéticas. Días antes los nazis lo habían desalojado llevándose a los prisioneros que todavía podían caminar, abandonando a su suerte a los más débiles. Los liberadores fueron los primeros testigos de un museo de los horrores viviente: niños utilizados como cobayas en experimentos, adultos enfermos y famélicos y montañas de cadáveres sobre la nieve. Zbigniew Klawender, superviviente de Auschwitz, nos recuerda aquellos días de horror.

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Zbigniew Klawender, fue internado en Auschwitz a los 15 años con el número de identificación 79586.

FOTOS  ©  Ángel López Soto, miembro de GEA PHOTOWORDS


Smutne oczy – Ojos tristes
Por Manuel Sueiras para GEA PHOTOWORDS


Fue precisamente frente al paredón de fusilamiento, en el barracón nº 11 donde lo encontramos. Se acercó silencioso y depositó una flor en el estrecho callejón, escenario de tantos horrores. Su actitud no era la de un turista que todo lo mira con ojos nuevos. Contemplaba serenamente las llamas de la multitud velas depositadas como tributo ante la reconstrucción del paredón, de paja y cemento. Su mirada era triste. Smutne oczy, en polaco. Osamos interrumpir su meditación y le preguntamos si conoció a alguna víctima de este campo. “Conocí a muchos de ellos. Yo soy un superviviente de Auschwitz” respondió.

Zbigniew Klawender, de nacionalidad polaca, tenía 82 años. Fue internado aquí a los 15. Setenta y siete años más tarde aún recordaba de memoria su número de identificación, el 79586. Los prisioneros no tenían nombre, sólo un número. Su padre y hermano fueron enviados a un campo de concentración en Alemania. Nunca más supo de ellos. Su madre fue internada en el campo de exterminio Auschwitz-Birkenau, aunque logró escapar durante uno de los trayectos hacia las fábricas donde los prisioneros realizaban trabajos forzados.

Zbigniew consiguió permanecer vivo en Auschwitz I desde 1942 hasta 1945. Luego fue trasladado a otros dos campos y obligado a trabajar en una mina. Poco antes del fin de la guerra, él y muchos de sus compañeros fueron forzados a caminar 96 Km en dos días, con un frío helador y vestidos únicamente con sus pijamas de gruesas rayas negras y blancas. Afortunadamente, al poco de llegar a su nuevo destino, fueron liberados por los norteamericanos.

Zbigniew visitaba ahora el campo transformado en un museo para el recuerdo, para que nunca se olvide la peor degradación humana. El barracón nº 7 muestra cómo dormían, en literas de tres alturas elaboradas a base de burdos tablones de madera que albergaban diez personas. Había 2 retretes con 10 tazas por cada mil reclusos. Si alguien se quejaba era enviado a las celdas de castigo, donde solían morir sofocados o de inanición.

Por muchas películas que hayamos visto sobre las terribles condiciones de vida de estos campos, la visita a sus instalaciones continúa resultando escalofriante. En las vitrinas de los barracones, ahora convertidos en espacios museísticos se exhiben restos de lo que encontraron las tropas rusas al liberar el campo de Auschwitz. Entre las 2 toneladas de pelo expuestas –los prisioneros eran afeitados después de asesinados–, todavía se pueden distinguir algunas delicadas trenzas rubias. Con cabellos humanos los nazis fabricaban telas y redes. En las distintas salas se apilan montañas de artículos personales arrebatados a los prisioneros, desde maletas y cepillos de dientes, hasta piezas de cubertería de plata y dientes de oro. Resulta particularmente inquietante observar las vitrinas donde se exhiben zapatitos, vestidos y ropas de niños y bebés, invariablemente eliminados a su llegada, a no ser que fueran enviados al barracón de experimentos médicos, un destino aún más pavoroso que la propia muerte.

Los prisioneros retenidos en los campos de concentración morían de extenuación laboral, hambre, sádicos castigos, tortura, condiciones de vida atroces, experimentos científicos o ejecuciones arbitrarias. Aquellos demasiado débiles o enfermos para trabajar eran enviados a las cámaras de gas o asesinados con inyecciones de fenol”. De este modo resume una placa los abusos a los que fueron sometidos los cautivos durante años. Otra explica que un niño fue disparado en la cabeza por compartir su trozo de pan con otro niño. Y así se van sucediendo las placas informativas…

Mientras hablábamos con Zbigniew no lograba comprender cómo aquel anciano, de apariencia frágil y bondadosa, había sido capaz de soportar tanto horror. Calmadamente nos decía que Auschwitz I no era nada comparado con Auschwitz II-Birkenau. Auschwitz se componía de 3 campos. El original, Auschwitz I, Auschwitz II-Birkenau, originalmente destinado a las mujeres y Auschwitz III-Buna Monowitz utilizado como lugar de trabajos forzados.

Auschwitz-Birkenau fue concebido como lugar de exterminio. Del gigantesco recinto de 2,6 Km2 enteramente rodeado de alambradas, tan sólo quedan en pie algunos barracones, las inquietantes torres de vigilancia y las vías del ferrocarril, ya que los trenes llegaban directamente a las cámaras de gas. Se apeaba a los prisioneros que venían hacinados en vagones como bestias de carga. Se separaba a las mujeres de los hombres y a las madres de sus hijos. Las personas sanas eran obligadas a realizar trabajos forzados y los débiles, enfermos, ancianos y niños eran gaseados e incinerados. Aproximadamente el 75% de los destinados a Birkenau fueron exterminados nada más llegar. Por eso Zbigniew nos explicaba que él había tenido suerte de no haber sido internado en Birkenau.

El objetivo nazi era eliminar a los 11 millones de judíos que habitaban en Europa antes de la II Guerra Mundial. Antes de la guerra en Polonia vivían 3,5 millones de judíos. Tan sólo en Auschwitz fueron exterminados 1,1 millones de ellos. Pero no fueron los únicos. Aquí también fueron internados y masacrados, o dejados morir de hambre o enfermedad, medio millón de polacos, 23 mil gitanos, 15 mil soviéticos y 25 mil personas de otros grupos étnicos y nacionalidades. Los homosexuales, identificados con un triángulo rosa, también fueron perseguidos, torturados y eliminados. En Auschwitz se acabó con la vida de entre 1,5 y 2,5 millones de inocentes. Se desconoce la cifra exacta.

De ellos hoy sólo queda el recuerdo de sus fotografías en blanco y negro colgadas sobre los muros de los barracones. Primeros planos de hombres y mujeres con el uniforme carcelario y su número de identificación. Algunos sonríen cándidamente a la cámara. Otros retratos exhiben tímidamente una flor que alguien les ha dejado a modo de anónimo homenaje. Antes de marchar preguntamos a Zbigniew si su fotografía aparecía en los muros de los barracones. Tomó su billetera y extrajo de ella la fotografía de un joven con un pijama de rayas. Era él con 15 años. Al darnos la mano nos miró con sus ojos tristes, afables, testigos de un mundo en el que imperaba el espanto. En su mirada no había restos de odio ni de venganza. Solamente paz. Smutne oczy.

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MANUEL SUEIRAS es periodista. Sus artículos han sido publicados tanto en medios españoles como internacionales. Fue galardonado con el premio europeo Net Media de periodismo digital en la categoría de viajes.

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