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EL OTRO `DESCUBRIDOR´ DE MACHU PICCHU

El 24 de julio de 1911 Machu Picchu descubrió el mundo. ¿O fue al revés? Aunque las Historia diga que fue el arqueólogo norteamericano Hiram Bingham el que encontró sus ruinas para la sociedad moderna, las crónicas no escritas del inconsciente andino están en desacuerdo. Bingham reconoció en la primera edición de su libro sobre la ciudad perdida de los Incas que había una pintada en las ruinas firmada por un tal Agustín Lizárraga realizada 10 años antes. Él se llevó la gloria, pero ¿quién era su antecesor?

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Ciudadela de Machu Picchu.

FOTO  ©  Ángel López Soto, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Por Juan Carlos de la Cal, miembro de GEA PHOTOWORDS

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«Agustín Lizárraga – 14 de julio 1902 – para la posteridad». Cuando Hiram Bingham paseaba por la ciudadela de Machu Picchu con la boca abierta, embriagado por la emoción de creerse el primer hombre que ponía los pies en ella, sintió como el corazón le daba un vuelco al ver estas nueve palabras grabadas con carbón sobre una de las piedras del templo que él mismo bautizaría después como de las Tres Ventanas. Así pues, alguien había estado allí antes que él. Justo diez años atrás. ¿De quién se trataba?

Agustín Lizárraga Ruíz era un hacendado cuzqueño, mestizo, agricultor y ya de cierta edad el año en el que llegó a Machu Picchu. Tenía arrendadas las tierras de cultivo que rodean la ciudadela a la familia Ochoa, un adinerado clan afincado en Cuzco desde los primeros tiempos de la conquista. Vivía en la hacienda Kollpani, en el pueblo de San Miguel, situado en la margen derecha del río Urubamba, junto a un puente medio derruido. Probablemente, contra la opinión de muchos historiadores que le ignoraron sistemáticamente en sus libros, siempre fue consciente de la importancia de aquellas piedras en las que dejó grabado su nombre. Aunque no lo suficiente.

Lizárraga no estaba vinculado a los círculos científicos y académicos, y a pesar de no contar con ningún apoyo, organizó en 1902 una expedición con un par de amigos, Enrique Palma y Gabino Sánchez, que financió con su propio dinero. La expedición se enfrentó machete en mano a una naturaleza amenazadora, llena de precipicios, acechada por el turbulento río Urubamba. Tras desbrozar parte de la maleza, dio con el asombroso monumento arqueológico, una enorme construcción de piedra tallada en el abismo, donde Lizárraga escribió su nombre y la fecha del hallazgo.

Pero el éxito de esta correría se vio empañado por el hecho de que Lizárraga no informó a nadie sobre lo que había encontrado: ni al Estado, ni a la Universidad, ni a la prensa y, ni siquiera, a ningún círculo intelectual. Los únicos que lo supieron fueron sus correligionarios de San Miguel y otras aldeas cercanas.


EL PRIMER TURISTA

Uno de los acompañantes de la primera expedición, Enrique Palma, primo de Lizárraga, organizó otra en 1904 con nueve personas (seis hombres y tres mujeres) que también llegó a las históricas ruinas y a quienes se puede considerar los primeros turistas de Machu Picchu, pues su viaje tuvo carácter de excursión, sin fines científicos. Sigue leyendo →