TANIA CORREA BOHÓRQUEZ

Muchas ciudades se suman cada año para tratar de mejorar las políticas de igualdad de género propias de un mundo que parece encontrarse aún un tanto soñoliento ante los incuestionables cambios de patrones de una sociedad gobernada hasta ahora por la rémora del ideario patriarcal. Nuestra entrevistada, Tania Correa Bohórquez, es socióloga e investigadora. Una de las voces más representativas del movimiento social contra el feminicidio que hoy por hoy se está llevando a cabo en el país colombiano. Forma parte del Fondo de Acción Urgente, un proyecto vigente desde principios del siglo XX a través del cual se protegen los derechos de las mujeres.

TANIA CORREA BOHÓRQUEZ

Tania Correa Bohórquez.

Ilustración ©  GEA PHOTOWORDS

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Entrevista a Tania Correa Bohórquez

Por Ana de Gracia para GEA PHOTOWORDS

 

El feminicidio se ha convertido en la principal arma de destrucción cuyos estragos están ocasionando verdaderos infiernos bajo los cuales terminan pereciendo miles de mujeres que día tras día desaparecen a manos de la devastadora violencia sexual.

 

Tania, ¿dónde está el límite entre la violencia de género y el feminicidio?

El feminicidio es la muerte violenta de una mujer por el hecho de ser mujer. Sería el caso más extremo dentro de una práctica continúa de violencia contra las mujeres. Ahora bien, el feminicidio, para que tenga lugar, está dentro de una espiral de violencia generalizada contra las mujeres en la cual los cuerpos son usados dentro de las lógicas de guerras. Son usados como territorios de conquista y son expuestos en el espacio público como una manera de alejar a las mujeres de los lugares de sensibilización políticos. Se trata de una represión extraordinariamente fuerte hacía el colectivo femenino.

El feminicidio puede darse en contextos de guerra o en contextos que no sean de guerra. Por ejemplo, en Europa podemos encontrar casos de feminicidio aunque no existan conflictos armados con las mismas características de Latinoamérica. Llegados a este punto hemos de tratar la relación existente entre la guerra contra las drogas (las políticas antidroga) y su efecto en la vida de muchas mujeres que, en muchos casos, ha hecho que el feminicidio aumente. En ciertos países como México si comparamos las cifras podremos ver que cuando se inició la guerra contra el narco (formalmente desde el gobierno) los casos de feminicidio aumentaron notablemente en lugares como Ciudad Juárez. Por lo tanto, vemos una relación directa entre la aplicación de las políticas, cómo cambia la dinámica del tráfico y la vida de las mujeres en este contexto.

 

¿Cuáles son los instrumentos internacionales que hasta ahora han tenido más efecto en la lucha contra el feminicidio?

Hay algunos países en los que el feminicidio está tipificado. No en todos. Sin embargo, hay unos altísimos índices de impunidad. Incluso en aquellos países en los que está tipificado y hay un registro más claro de la causa de muchas de las muertes de estas mujeres. Ahora, toda la legislación que trata de proteger la vida de estas mujeres que va en contra de la discriminación y de la violencia de género debería servir para la protección y para evitar estos feminicidios. Lo que sucede es que, a pesar de que exista esta legislación finalmente estos casos acaban en el olvido sin investigación y terminan sin sanción por lo que la impunidad es muy alta. Por ello hablamos de una responsabilidad del Estado pues no está haciendo nada para castigar estos crímenes.

 

¿Se podría decir, pues, que es el Estado partícipe de la postergación del feminicidio?

El Estado es responsable porque ni investiga ni castiga. Tampoco existe un castigo social. Es una problemática poco conocida. A veces parece que hay muertos que importan más que otros. En México, por ejemplo, toda la solidaridad internacional que hemos visto por los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa parece haber obnubilado el resto de desaparecidos, muertos y muertas. Ahora se ha retomado un poco más en el movimiento social en México la bandera de las muertes de Juárez a manos del feminicidio.

 

¿Podría importar más la muerte de un hombre que la de una mujer?

En las guerras, la violencia contra las mujeres es una constante. Estudios demuestran como la violencia sexual puede llegar a convertirse en una potente arma de guerra. En los casos de feminicidio se toman los cuerpos de las mujeres como un territorio de conquista; son unas vidas que a nadie le importa.

¿Quiénes son estas mujeres? Normalmente son jóvenes, pobres, sin mucha red social… Por lo tanto, vemos como con todo esto se lanza un mensaje en el que se transmite constantemente que estas vidas valen mucho menos. Incluso en muchos países ni siquiera se está llevando a cabo una contabilización de estas muertes. Es el caso de Colombia. Podemos tener datos de las muertes violentas de las mujeres pero no se especifica en qué contextos ocurren esas muertes. Ni siquiera hay información suficiente.

 

¿Puede convertirse una sociedad como la actual, donde el paternalismo, el colonialismo y el capitalismo se erigen como pilares, en el principal obstáculo para acabar de una vez con el feminicidio?

Por supuesto. Es una sociedad patriarcal lo que hace que la violencia contra las mujeres sea generalizada y cotidiana. Es lo que permite perpetuar el feminicidio (como expresión máxima de esa violencia). Ahora bien, es esta misma sociedad en la que hemos podido desarrollar todas las luchas abanderadas por las mujeres para cambiar esta triste realidad. La transformación última, la estructural, sería conseguir el cambio en la cultura. Eso ocurre en ocasiones por cambios en las leyes que no coinciden con los cambios en la cultura (y que produce la llamada reprobación social) pero pasado un tiempo cambiará cuando se produzca esa transformación interna de la cultura y de la mentalidad.

Ya se han logrado cambios en este aspecto. Para que se consiga acabar con el feminicio se necesita continuar trabajando en ese sentido. No es que sea imposible. En ese camino estamos. Y en estos contextos, incluso en la propia Latinoamérica, existen diferentes tipos de resistencia social protagonizados por las mujeres. Nuevas maneras de pensar y actuar. Se llevan a cabo, con ello, determinadas acciones políticas que ya no se corresponden con las tradicionales. Se han creado organizaciones de mujeres que se reúnen para buscar alternativas productivas. Otras muchas denuncian a través del arte sus desaparecidas, sus víctimas, estableciendo redes de solidaridad. Eso es una manera de resistencia al contexto de violencia. Nos encontramos con una realidad muy compleja pero también hay resistencia y organización por parte de las mujeres en estos contextos de guerra. Se trata de un papel importante que han jugado estas mujeres en la búsqueda por la paz.

 

¿Crees que hay una mayor concienciación en la actualidad sobre esta problemática?

Es mayor justamente por estos movimientos de protesta y resistencia pero no es suficiente. Hay mucha gente que no sabe bien lo que es el feminicidio. Dudan. Hay mucha confusión. Si lo comparamos con otras épocas observamos que se han conseguido muchos avances. Incluso a nivel social se toca más este tema. Pero falta muchísimo.

En tu trabajo siempre has destacado el papel activo de la mujer en la lucha contra la violencia sexual. ¿Podrías destacar alguna artista representativa en el movimiento social contra el feminicidio?

Destaco en general los usos de las prácticas artísticas en las maneras de manifestarse. Por ejemplo, las pintadas sobre el cuerpo en las manifestaciones para hacer evidente que el feminicidio es un ataque contra la mujer, la incorporación en el teatro, del performance…

Una de las tantas dimensiones de este problema es la encarcelación de las mujeres por estos delitos relacionados a su vez, en múltiples casos, por la droga. Hemos vivido un aumento de las mujeres encarceladas y en la mayoría de los países dichos encarcelamientos se deben a crímenes de droga. Muchas de ellas están en prisión preventiva, sin ser ni siquiera juzgadas.

Rosa Julia Leyva, por ejemplo, es una mujer que bien puede convertirse en una representación de la resistencia en este ámbito. Ella era una indígena, analfabeta, engañada por su comadre y terminó siendo capturada por portar droga. (Una sustancia que ni siquiera ella conocía). Rosa fue condenada inicialmente a 20 años de prisión aunque después pudo tener una rebaja. Durante su estancia en la cárcel decidió aprender a leer y escribir. Dedicó su tiempo al estudio y al teatro. Decidió empezar a hacer teatro durante su estancia en la cárcel. Después de años en prisión finalmente quedó libre. A pesar de encontrarse en una situación realmente delicada, tras salir de la cárcel y sin trabajo, consiguió continuar con el mundo del teatro. En la actualidad, Rosa sigue dando clases de teatro dentro de las cárceles. Esto para mí siempre ha supuesto un ejemplo gracias al cual podemos ver una manera de fomentar la resistencia desde el arte. Rosa decía que fue el teatro lo que le dio las ganas de seguir viviendo.

 

Ana de Gracia es estudiante de Periodismo en la universidad Carlos III de Madrid. Actualmente vive en Sao Paulo, donde ultima sus estudios. Apasionada por el mundo de la corresponsalía, los viajes y los movimientos sociales. Ha trabajado en radio durante tres años en la rama del periodismo cultural en España así como para otros medios de comunicación digitales cultivando el género de la entrevista con personalidades del panorama actual de la cultura y de la política.

 

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