TÍBET SIGUE ARDIENDO

Este mes se cumplen 53 años del exilio del Dalai Lama, lejos de su tierra, lejos del Tíbet. Fue un 10 de Marzo de 1959 cuando, tras el levantamiento de los habitantes de Lhasa y el inicio de los combates contra el ejército chino, Tenzin Gyatso decidió refugiarse más allá de las montañas del Himalaya. Coincidiendo con este aniversario, hablamos con David Jiménez, corresponsal de EL MUNDO en Asia, recién llegado del Tíbet ocupado y uno de los pocos testigos occidentales de la represión a la que el gobierno de Pekín está sometiendo a los tibetanos. Hoy está prevista una manifestación pacífica ante la embajada china en Madrid.

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Manifestación contra la ocupación china en Tíbet. Trafalgar Square, Londres.

FOTO  ©  Ángel López Soto, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Sus almas calcinadas vuelan ahora sobre la cordillera más alta del mundo. Las imágenes de sus cuerpos ardiendo, los de ahora y los de antes, han dado la vuelta al mundo. Sólo así consiguen los tibetanos que la represión que sufren se cuele de soslayo en algún telediario. China es mucha China y el mundo parece preferir mirar hacia otro lado para no ver el humo de esas protestas.

Algunos monjes budistas, desesperados, han optado por la inmolación como única vía de mostrar a la opinión pública la insostenible situación que viven, bajo el yugo del invasor. Otros han comenzado una huelga de hambre indefinida ante la sede de Naciones Unidas, en Nueva York. Y en España, hoy está prevista una manifestación pacífica ante la embajada china en Madrid (Calle Arturo Soria 113, desde las 11 de la mañana), organizada por la Fundación Casa del Tíbet. Su director, Thubten Wangchen, que es además diputado por Europa en el Parlamento Tibetano en el Exilio, ha hablado con GEA PHOTOWORDS.

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Escucha las palabras de Thupten Wangchen.

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TÍBET SIGUE ARDIENDO
Por Juan Carlos de la Cal, miembro de GEA PHOTOWORDS

 

El periodista español, David Jiménez, corresponsal de EL MUNDO en Asia, viajó a Tíbet hace unas semanas para cubrir estos acontecimientos. Sus crónicas, como uno de los escasos informadores internacionales que consiguió entrar en el país, han confirmado lo que todo el mundo se temía: los soldados chinos han dado otra vuelta de tuerca a la represión que sufren sus habitantes.

David se decidió a viajar a pesar de que conocía las dificultades que encontraría. Periodistas que habían tratado de llegar a las prefecturas tibetanas en Sichuan habían sido detenidos. Monasterios y aldeas habían sido cercadas. Tuvo que viajar de noche, oculto bajo mantas en la parta trasera de un coche. Realizó las entrevistas en parajes apartados, lejos de testigos, para no arriesgar la vida de sus intelocutores. El Tíbet es una de las grandes historias olvidadas, no sólo por la diplomacia internacional, sino por la prensa. ¿Cómo es posible que la inmolación de decenas de monjes haya pasado inadvertida para tantos medios? ¿Porqué muy pocos se han preguntado qué les está llevado a cometer actos tan desesperados?

«Pensé que era mi obligación intentar llegar a la zona y contar lo que estaba ocurriendo. En los 15 años que llevo viajando por China jamás había visto un despliegue policial y militar tan grande. Miles de tropas llegadas de fuera para detener una rebelión armada, ni siquiera una gran protesta civil. Y es difícil creer que hayan sido desplegadas para prevenir los suicidios de los monjes. Se trata, fundamentalmente, de una aplastante muestra de fuerza para subyugar a la población civil», asegura David.

China ha decidido que no puede ganarse a los tibetanos, así que ha optado por una doble política de asimilación cultural y represión. Ambas están  unidas: la represión ofrece tiempo mientras se completa la asimilación, sobre todo con la migración masiva de chinos de la etnia Han a las zonas tibetanas. Es una política despreciable, pero efectiva.

 

LAS RAZONES DEL OLVIDO

La creciente influencia de China en el mundo hace que su capacidad para mantener la causa tibetana silenciada sea mayor. Ningún Gobierno se atreve ya a cuestionar públicamente la política de represión. Los tibetanos han pagado durante décadas pertenecer a un territorio que no ha interesado geopolíticamente a Occidente. El periodista de EL MUNDO apunta las razones: «A todo ello se une otro elemento que yo creo ha sido fundamental en la indiferencia que a menudo provoca la causa tibetana: la suya es una lucha no violenta. No ocupa grandes titulares porque no va acompañada de atentados ni acciones armadas. Los medios tenemos una gran responsabilidad. Deberíamos preguntarnos por qué determinamos nuestra cobertura en función de la violencia que genera un conflicto -especialmente cuando ésta nos puede afectar-, dejando de lado a pueblos que como el tibetano han decidido asumir todo el sacrificio de su lucha».

David viajó a la prefectura de Ganze porque quería reconstruir la historia de Palden Choetso, la monja que se inmoló el pasado mes de noviembre en la localidad de Tawu. Había visto las imágenes del vídeo que circula por Internet y quería comprender qué podía llevar a alguien a hacer algo así. Encontró una comunidad que siente que sus creencias están siendo pisoteadas, que sufre la ausencia de su líder espiritual -el Dalai Lama- y que asiste impotente a la gradual desaparición de su cultura. «Ninguno de esos elementos es tan poderoso como la ausencia de esperanza en el futuro -asegura-. Los monjes desesperan por su situación, pero más aún al saber que los que vengan detrás lo tendrán aún peor. Que no hay, al final del camino, una salida para el Tíbet. Las inmolaciones son el grito con el que los religiosos le están diciendo al mundo que el tiempo se agota para salvar su cultura. Están convencidos de la bondad de un acto que ven como un sacrificio personal por el bien de su comunidad».

 

SOBRE LAS INMOLACIONES

Sorprende que los monjes que se inmolan lo hagan con la determinación de sufrir lentamente, lo más posible. El carácter contestatario de sus acciones aumenta al permanecer inmóviles y sin emitir quejidos mientras arden sus cuerpos. Es exactamente lo que hizo Thich Quang Duc, el monje vietnamita que dio nombre al término quemarse a lo bonzo cuando se suicidó públicamente en Saigón en 1963. Aquel acto de protesta ha sido imitado muchas veces, en parte porque logró su objetivo: contribuyó a denunciar la falta de libertad religiosa en Vietnam del Sur y aceleró la caída del régimen de Ngo Dinh Diem.

«Yo estoy en contra de las inmolaciones, no solo porque cuestan vidas humanas, sino porque, al contrario de lo que sucedió en Vietnam, no ayudarán a la causa tibetana. Primero por la indiferencia de la que hablábamos antes y segundo porque Pekín mantiene una censura total sobre lo que está ocurriendo, lo que hace que la población china reciba una información sesgada», asegura David quién, como la mayoría de los analistas independientes, ha llegado a la conclusión de que lo único que puede salvar el Tíbet es la llegada a China de una democracia, una sociedad civil y una libertad de prensa.

«Solo así los chinos de la calle tendrán conocimiento de la injusticia que vive la minoría tibetana y podrán movilizarse y presionar al Gobierno para que rectifique. Ni las inmolaciones ni políticos cobardes que se niegan a verse con el Dalai Lama para no molestar a China harán nada por detener lo que está ocurriendo. Sin un cambio interno en China, el Tíbet está condenado», concluye el periodista español. Hoy pues, el grito de los tibetanos se extenderá de nuevo por el mundo antes de que los apaguen para siempre.

 

David Jiménez (Barcelona, 1971) es desde 1998 corresponsal de El Mundo en Asia, donde ha cubierto las guerras, revoluciones y acontecimientos más importantes de los 12 últimos años. Es autor de dos libros: «Hijos del Monzón» y “El Botones de Kabul”. Pueden leer sus crónicas en su blog personal.

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Declaración del primer ministro del gobierno tibetano en el exilio (Kalon Tripa), Dr. Lobsang Sangay, en el 53 Aniversario del Día del Alzamiento Nacional del Pueblo Tibetano.

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