TOP MANTA – ¿DELITO O SUPERVIVENCIA?

La venta no autorizada de discos o películas en la calle se conoce popularmente como “top manta”. Hasta hace un par de meses, decenas de inmigrantes, sobre todo africanos, recibieron multas de hasta 4.000 euros y penas de cárcel de hasta dos años por estas ventas. Tras la última reforma del Código Penal, en la que el top manta deja de ser un delito para pasar a ser una falta, algunos de ellos han salido de prisión y ahora las multas son inferiores. Asociaciones y afectados se alegran del cambio pero son escépticos. Saben que, en la práctica, esas multas menores pueden acabar también en penas de cárcel. Daouda Sow, senegalés de 27 años, es un ejemplo de una realidad que unos definen como delito y otros como simple supervivencia.

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TOP MANTA – ¿DELITO O SUPERVIVENCIA?
Por Sonia López Tello para GEA PHOTOWORDS

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Cuando a Daouda le preguntan de dónde es, responde que es “del mundo”. No le gusta pensar que, por no haber nacido en un país determinado, pueden dejar de tratarle como a un ser humano. A veces, para ser tratado como persona, hay que tener papeles. Y él no los tiene. “La policía te para por la calle, te lleva a comisaría, te interroga, te insulta, te suelta y vuelta a empezar. Y algunos en la calle piensan que por ser inmigrante ilegal y ser negro eres un enfermo”, asegura. Por eso, Daouda prefiere ser de todas partes y de ninguna. “Españoles y españoles se tratan bien. Franceses con franceses también. Yo sólo quiero trabajar y tener una vida”.

Charles Darwin aseguró que uno de los errores de la historia es que siempre se repite. Este es otro ejemplo. Daouda Sow, senegalés de 27 años, soñó, como muchos otros africanos que deciden dejarlo todo, con el paraíso europeo. En 2006, confesó a su hermano y a su madre que estaba cerca de tener el dinero necesario para viajar a España. El primer mundo. Donde las personas son valoradas por su trabajo y su esfuerzo. “Viajé de Senegal a Mauritania, de Mauritania en avión hasta Marruecos y de Marruecos cruzamos a Fuerteventura”. Daouda habla en plural, ya que ese viaje no lo hizo solo. Casi treinta conocidos le acompañaron en un trayecto que tenía como última etapa cruzar en patera a las islas Canarias. Un “billete” por el que pagó 700 euros. “A algunos les cobran más, a otros menos. Es una mafía que juega con la gente. Por eso algunos llegan hasta allí y no puede cruzar por no tener suficiente dinero. En ese caso, puedes volver a casa o quedarte allí. La mayoría se quedan por vergüenza. No puedes volver a tu casa habiendo fracasado en el último momento. ¿Que dirá tu familia?”, explica el joven. De la embarcación que le transportó hasta la isla de Fuerteventura hasta que llegó a Madrid pasaron 17 días, el tiempo que estuvo internado en un CIE (Centro de Internamiento para Extranjeros). Daoda lo llama “cárcel para extranjeros”. Tras tres meses fuera de su país, el único familiar que tenía en España se marchó a Francia y él acabaría vendiendo poco después en el llamado “top manta”.

Daouda tiene los ojos grandes y mientras cuenta su historia los abre más aún. Quiere ver que su interlocutor entiende cada paso de su injusticia. Quiere que aquí, en el país que enterró sus sueños sin darle tiempo a sacarlos de la maleta, comprendan que hay un antes. “Yo en Senegal tenía mi tienda de alimentación. Vendía a la gente, pero gastaba más de lo que ganaba. Así era imposible vivir y mantener a mi familia”, explica. A diferencia de otros inmigrantes, no envía dinero a su familia porque no dependen económicamente de él. “Me gustaría hacerlo, pero hasta que no tenga trabajo y papeles no puedo”. A pesar de todo, no piensa en volver: “Si llego a saber que esto era así, no vengo. Pero ahora que estoy aquí, tengo conocidos, otra mentalidad, algún proyecto… Y si volviera ahora, volvería como un cero”.

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“El top manta no es trabajo, es superviviencia”

Según los cálculos de varias asociaciones dedicadas a trabajar con los inmigrantes que venden en el top manta, un mantero puede ganar al mes alrededor de 300 euros. Daouda asegura que, los que venden en la manta, lo hacen “porque no les queda otra”. Cuando un inmigrante no conoce el idioma, no tiene papeles y, por lo tanto, no puede trabajar, se refugia en los grupos de compatriotas. Con un paisano que le ofrezca unirse a su modo de supervivencia y unos cuantos cds falsos comienza una aventura que acaba, tarde o temprano, convirtiéndose en pesadilla. Esa manera de sobrevivir era delito hasta hace unos meses, cuando se reformó el Código Penal. Ahora, vender en el top manta es una falta penal. Es decir, lo que hasta el mes de diciembre se pagaba con penas de prisión de seis meses a dos años y multas que podían llegar hasta los 4.000 euros, ahora se paga con multas menores. Mientras el beneficio del mantero sea menor de 400 euros, el castigo será una multa o un una pena de localización, una especie de arresto domiciliario. En el caso de que el castigado no pueda pagar la multa o no sea localizado en su domicilio, la condena se cumple en prisión.

Marina Orfila, asesora de la Asociación Sin Papeles de Madrid y de Ferrocarril Clandestino, se alegra de estos cambios pero cree que hay que seguir luchando: “Hemos ganado una pequeña batalla, pero nosotros siempre hemos pedido que la venta en la manta sea falta administrativa, igual que la venta ambulante. Aún así, nos alegramos de que la desproporción entre falta y castigo sea cada vez menor”.

Tras la reforma, varios inmigrantes han salido de la cárcel. Orfila recuerda que, en la última asamblea de la Asociación Sin Papeles de Madrid, volvió un chico que había pasado un año en prisión. “Entró en la cárcel al poco de llegar a España, cuando le pillaran vendiendo discos falsos. El reencuentro fue muy emotivo”, asegura.

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“No supe lo que era el racismo hasta que llegué a España”

Daouda considera que la integración es posible, pero complicada. “Antes venía en el metro y me puse al lado de una chica. Ella, al verme, agarró su bolso y se lo puso delante. Creía que iba a robarle, así que yo le dije que no tenía por qué preocuparse, que yo no necesitaba robar. Creo que se avergonzó y por eso no me contestó”, recuerda.

Según el Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia, cuatro de cada diez españoles tratan “con desconfianza” a los inmigrantes. Además, el factor que más influye en el trato a extranjeros es su nacionalidad. “Si un español va a mi país, en una semana o dos tendrá unos cuantos amigos y seguramente trabajo. Nadie le tratará como aquí se trata a los africanos. Yo no sabía lo que era el racismo hasta que llegué aquí. No sabía que existía ese desprecio”, explica el senegalés.

En el bar en el que Daouda explica su situación, suena de fondo un reportaje en la televisión sobre españoles que establecen su vida en otro país. Él lo mira con una sonrisa a caballo entre la desconfianza y la envidia. “Si hacen españoles en el mundo, ¿por qué no hacen uno sobre inmigrantes en España?”, bromea. Daouda sería un buen ejemplo para esta segunda idea y confiesa que le gustaría salir en televisión, sobre todo si le dejan actuar con “Madera de Cayuco”, el grupo musical al que dedica ahora la mayor parte de su tiempo. Con catorce miembros de diez países distintos (Senegal, Gambia, Marruecos o Brasil, entre otros), son un ejemplo de integración. Quizá una buena representación del anhelo de Daouda: no ser de ningún lugar, sino de todos. Ser “del mundo”.

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Sonia López Tello es licenciada en Periodismo con diploma en Comunicación Política por la Universidad de Navarra, ha sido redactora en las emisoras de radio Onda Cero y Cadena SER. Actualmente ejerce su labor profesional en Antena 3.

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