BIOPIRATAS EN LA AMAZONIA (I)

La selva amazónica es la mayor farmacia del mundo pero sus recursos son también los más codiciados por las multinacionales farmacéuticas. La biopiratería se ha convertido en un inmenso negocio para ellas mientras los guardianes de esta diversidad durante milenios, los pueblos indígenas, apenas reciben nada. Sólo dolor y nuevas amenazas de extinción. En este artículo repasamos alguno de los casos más sangrantes.

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Indígena del Amazonas en el río Marañón.

FOTO  ©  Alfons Rodríguez, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Por Juan Carlos de la Cal, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Mayo de 1984. Atardecía en el poblado de los Secoya, una tribu indígena de las profundidades de la Amazonía ecuatoriana. El jefe, sus hijos y varios de los ancianos, fuman y charlan animadamente en su maloca (choza) con un hombre blanco de mediana edad. A la hora de la despedida, el jefe dijo al mayor de sus retoños: «A ver, mi hijo, regale al gringuito un poco del yagé de la chacra». El visitante sonrió complacido y, muy agradecido, le obsequió al indio con dos cajetillas de cigarrillos de Malboro americano. Luego se fue con grandilocuentes promesas de todo lo que iba traer la próxima vez que volviera al poblado.

El gringuito en cuestión se llama Loren Miller y es el presidente de la International Plant Medicine Corporation, una importante empresa farmacéutica norteamericana. Cuando Miller regresó a Quito, empaquetó con mucho cuidado la planta, la metió en su bolso de mano y embarcó en el primer vuelo que pudo a su California natal. Nada más llegar se presentó en la oficina de Marcas y Patentes y entregó un escrito donde decía: «la variedad de yagé que descubrí en una chacra de la selva ecuatoriana es nueva…»

El yagé es nombre que recibe entre estos indios amazónicos la más popularmente conocida como Ayahuasca, una planta enteogénica usada desde tiempos inmemoriales por las tribus indígenas de esta zona del planeta en sus ceremonias religiosas. Sus propiedades alucinógenas provocan en los usuarios todo tipo de visiones que ellos asocian a lo más profundo de su espiritualidad. Miller atribuyó a esta planta propiedades curativas antisépticas, antibacterianas, anticancerígenas, antieméticas y para el mal de Parkinson, entre otras. Y por esta razón la Oficina de Marcas le otorgó la patente numero 5.751 bajo el epígrafe Banisteriopsis Caapi Davine.

LA REBELIÓN INDIA

Cinco años después, estos indios ecuatorianos se enteraron, gracias a un artículo periodístico, que su querido yagé, que ellos emplean sacramento en sus ceremonias religiosas, ya no les pertenecía (a pesar de que llevan utilizándolo miles de años ) y que ahora era propiedad del gringuito. Su reacción fue fulminante. Denunciaron el hecho ante la mayor organización de pueblos indígenas de América.-la Coordinadora de Organizaciones Indígenas de la Cuenca Amazónica ( COICA ), que agrupa a tres millones de indios de la cuenca amazónica pertenecientes a 400 tribus de los nueve países afectados-, que comenzó una serie de movilizaciones que culminaron en una rueda de prensa en Washington para pedir que esa patente fuese revocada por lo que consideraban como un caso claro de biopiratería.

Para ello contaron con el apoyo de las grandes multinacionales medio ambientales como WWF, Greenpeace o Survival, y con el auspicio legal del Centro Internacional de Legislación Ambiental ( CIEL, en sus siglas inglesas ) con sede en la capital norteamericana. A la vez nombraron al tal Miller «enemigo de los pueblos indígenas » y le prohibieron la entrada -y a cualquier empleado de su empresa- en todo el territorio amazónico asegurando que no se hacían responsables de su integridad física.

Miller estaba apunto de montar un fábrica para procesar el principio activo de la ayahuasca en la selva ecuatoriana, lo que finalmente no consiguió debido a estas amenazas.

Ante esta presión, la Inter American Foundation (IAF), organismo del gobierno americano, que subvenciona en forma de proyectos de millones de dólares a estos pueblos indígenas, pidió a estos indios que reconsideraran esta postura de prohibir a un «honorable ciudadadno californiano» la entrada a su territorio, bajo el riesgo de perder estas subvenciones. El propio senador ultraconservador, Jesse Helms, intervino en la polémica calificando a los indígenas como «terroristas». Estos, lejos de amilanarse, se mantuvieron firmes y rompieron cualquier relación con esta Fundación.

El argumento de los indígenas se basaba en la siguiente idea: «¿ Qué pasaría si un indígena amazónico intentara patentar la hostia y el vino católicos o la purificación kosher para los alimentos de los creyentes judíos?», asegura Antonio Jacanimijoy, coordinador general de la COICA.

Según el Convenio de Diversidad Biológica firmado en Río de Janeiro durante la Cumbre de la Tierra, en 1992, cualquier tipo de acceso a los recursos genéticos de una nación debe tener el permiso del respectivo gobierno y, además, el interesado en estos recursos debe contar con el consentimiento del pueblo o la comunidad indígena que tiene el conocimiento sobre el material a estudiar. El término “biopiratería” fue definido en 1993 por Pat Mooney, presidente de ETC Group, como “la utilización de los sistemas de propiedad intelectual para legitimizar la propiedad y el control exclusivos de conocimientos y recursos biológicos sin reconocimiento, recompensa o protección de las contribuciones de las comunidades indígenas y campesinas”.

«Para los indígenas la propiedad intelectual es colectiva. Porque, al venir de nuestros antepasados, los conocimientos tradicionales están repartidos entre todos en una comunidad. Por eso, es muy difícil explicar a un miembro de cualquier tribu lo que significa el sistema oficial de patentes que se otorga a una sola persona», asegura por su parte Rodrigo de la Cruz, asesor de Biodiversidad y Propiedad intelextual de la COICA.

VICTORIA POR UNA VEZ

Finalmente, el 30 de marzo de 1999 los representantes de la COICA presentaron en Washington la solicitud oficial de la revocación de la patente, la primera defensa del patrimonio cultural que se ha hecho en Estados Unidos. El Gobierno aceptó la petición temporalmente pero las alegaciones de Miller consiguieron que se saliera con la suya, dos años después, bajo el argumento de que EEUU es uno de los pocos países del mundo que se niega a reconocer los derechos de la propiedad intelectual de los pueblos indígenas (un convenio ratificado ya por 170 países). Pero las protestas indígenas se recrudecieron y el 14 de noviembre de 2003 la patente fue revocada definitivamente.

La ley norteamericana dice que una invención o descubrimiento no puede ser patentado si éste ya está descrito en una publicación impresa. Irónicamente, en la revocación de esta patente, no primó el respeto hacia el conocimiento tradicional, si no la casualidad de que esta planta ya había sido registrada con anterioridad en un herbolario de Míchigan.

El caso de la ayahuasca, sin embargo, es una excepción dentro de la guerra perdida que los indígenas de todo el mundo, y de la cuenca amazónica en especial, mantienen contra las multinacionales farmacéuticas y los gobiernos más poderosos. La historia viene de lejos.

UN SIGLO DE ATRACOS

El primer caso de biopiratería en la Amazonía (y probablemente de la historia) se remonta a 1876, cuando los ingleses Robert Markham y Henry Wickman consiguieron sacar de Brasil 70.000 semillas del árbol que llora, el caucho -heveas brasiliensis en su denominación científica-, para plantarlas en el Jardín Botánico Real de Kew, en Londres, desde donde fueron despachadas a Malasia, África y Batavia, en la indonesia holandesa.

En 1910 se recolectaron en este país los primeros litros de látex que supusieron el principio del fin al monopolio generado por el imperio del caucho levantado en torno a ciudades como Manaus. Las plantaciones de caucho que los ingleses instalaron en Asia resultaron mucho más eficientes en cuanto a la producción, comparadas con las de Brasil, al estar bien organizadas y preparadas para la producción a una escala comercial. En este caso, Wickman y su compañero fueron premiados con el título de “Sir” en la corte británica y fueron recibidos como “héroes” a pesar de haber violado las leyes brasileñas de la época que prohibían, bajo pena de muerte, la salida de su más preciado tesoro. Afortunadamente, la perspectiva del tiempo ha hecho justicia colocando a estos dos ingleses como los primeros “biopiratas” de la Historia.

Sin embargo, la planta que más dinero ha dado a las multinacionales farmacéuticas es la chondodrendon tomentosum, utilizada durante siglos con sigilo por los indios amazónicos para obtener el curare, el veneno con el que untan sus flechas para inmovilizar a sus presas. En 1942, los laboratorios Glaxo y Wellcom, sintentizaron su ingrediente activo, el d-tubocurarine, que patentaron y usaron en la producción masiva de relajantes musculares y anestésicos quirúrgicos. Su aplicación supuso una revolución en la cirugía moderna. Los indígenas tampoco han recibido nada de esto.

Los casos son innumerables. En los años 70, la compañía farmacéutica Squibb usó el veneno de una víbora brasileña para ayudar a desarrollar el captopril, usado para tratar el paro cardíaco congestivo, sin el pago de los derechos que los brasileños piensan se les debe hacer. Y más recientemente, las tribus indias brasileñas se han quejado de que las muestras de su sangre, tomadas bajo circunstancias que dicen eran poco éticas, eran utilizadas en la investigación genética por todo el mundo.

En el Amazonas la uña de gato es un árbol cuya corteza tiene innumerables propiedades medicinales y que durante siglos las tribus indígenas como los Asháninkas han usado sus propiedades terapéuticas. Klaus Keplinger de Austria patentó en 1989 la uña de gato y ni siquiera los indígenas pueden comercializarla en mercadillos como lo habían hecho siempre.

El Sacha Inchi (Plukenetia enredadera) es una planta que produce almendras muy concentradas en ácidos grasos (omega 3 y 6). Cultivada y utilizada por más de 3000 años por los pueblos amazónicos, sobre todo en el Perú, tiene características que interesan a las empresas de alimentos y cosméticos, especialmente en los países desarrollados. En 2006, la empresa francesa Greentech patentó el aceite de Sacha Inchi tras haber “inventado” su uso para elaborar cremas de cuidado para la piel y el cabello (propiedades hidratantes, nutritivas, relajantes, entre otros, y el anti-edad, tonificación, adelgazamiento…). La acción de dos organizaciones que luchan contra la biopiratería, la Comisión Nacional Peruana y el colectivo francés France Libertad, ICRA, Palabras de Naturaleza, consiguieron mediatizar el caso y la presión fue tal, que Greentech tuvo que retirar su patente.

El kambó, o vacuna del sapo como también le llaman, es el más tradicional de los remedios indígenas del Amazonas. Se obtiene de la secreción de un sapo, la phyllomedusa bicolor, en cuyo líquido los científicos han hallado propiedades antibióticas, contra el sida y el cáncer. La mayoría de las tribus asentadas en la frontera de Brasil con Perú lo usan. En los últimos años se está dando el caso de que algunas aldeas indígenas están siendo frecuentadas por una legión de occidentales enfermos, casi desahuciados por la medicina moderna, a los que les va bien su aplicación porque les refuerza el sistema inmunitario.

Un médico italiano lo patentó en los años 80. Después fueron aisladas dos sustancias: la dermorfina y la deltorfina. La primera de ellas, 300 veces más potente que la morfina, es la causante de una nueva generación de analgésicos comercializados desde 1998 por los laboratorios Abbot bajo el nombre de ABT 694. Un gramo vale 1.000 euros y los sapos se venden a 400. Están desapareciendo. Los beneficios se calculan en 500 millones de euros. Los indios no han recibido nada a cambio.

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