`CONSPIRANOICOS´

Hace unos días se celebró el décimo aniversario de los atentados terroristas del 11-S, ocurridos en Estados Unidos. De nuevo, nuestro imaginario colectivo ha revivido la tragedia, convertida en mito para el resto de nuestras vidas, y hemos recapacitado sobre la larga sombra de aquellos atentados. Justo en esta hora en que los financieros, los brokers y los políticos nos gritan a cada rato que el mundo se hunde, que estamos al borde del abismo y que ya sólo nos queda el sálvese el que pueda o quiera el Mercado. El autor de este artículo analiza y repasa las razones y el oportunismo de estas teorías conspirativas, bautizando como `conspiranoicos´ a sus autores.

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Manhattan. Dowtown. Zona Cero en construcción.

FOTO  ©  Alfons Rodríguez, miembro de GEA PHOTOWORDS

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Por Tasio Camiñas para GEA PHOTOWORDS

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Para algunos países, como España, la amenaza apocalíptica es muy redundante. Quién sabe, quizás nuestro experimento democrático y desarrollista no funciona como estaba previsto en el laboratorio de la historia, ni tampoco el de nuestros vecinos europeos con la Unión monetaria del euro. Y cómo no, en esta tesitura calamitosa, vuelven a reverdecer las viejas teorías de la conspiración que tanta literatura y espacios en Internet han ocupado y tantos favores le han hecho al sistema a lo largo de su historia.

Me refiero no sólo a las teorías conspirativas más cercanas, sino a las conspiraciones y las conjuras de verdad urdidas desde el poder, a las guerras habidas y por haber, al infierno nuclear, a los diversos terrorismos que hay en el mundo, al crimen organizado y a los múltiples ejemplos que hemos tenido en pro de que nuestra civilización fuera cada vez más humana. Espero que nadie me tache de conspiranoico por lo que voy a expresar, pues sólo trataré de apuntar algunos hechos de la realidad para que el lector piense lo que crea conveniente.

EL GRAN SIMULACRO


Pues sí, en esta época de la historia, cuando las grandes empresas y los intereses económicos especulativos han logrado el poder absoluto y el ciudadano medio ya no tiene crédito alguno ni representantes legales que atiendan sus demandas, es buen momento para volver a recordar la catástrofe por excelencia, el “gran simulacro”, que diría Jean Baudrillard, y esperar a las que se avecinan, según apuntan las hipótesis milenaristas. Es cierto que la historia de los pueblos judeocristianos o musulmanes, por poner dos ejemplos, se basa en realidades y creencias que postulan verdades absolutas que, a lo sumo, se sustentan en grandes misterios o actos de fe, como bien interpretan la Biblia o el Corán, que luego hemos aprehendido a través de la cultura.

Y esas y otras historias de nuestra Historia más reciente siempre estarán sujetas a distintas interpretaciones, pues nos falta la revelación científica de las cosas, esa que se aproxima más a la verdad y que siempre parece estar oculta por múltiples intereses y por los filtros de los medios de comunicación. Y de ahí nacen, en parte, las teorías de la conspiración, que no la conjura o la conspiración en sí misma, que debería ser más fácil de desentrañar, pero que también se oculta o se exhibe en función de intereses casi siempre malintencionados. Por esta razón, las teorías conspirativas pudieran entenderse como mecanismos al servicio de una cierta maquinaria de la desinformación o la propaganda que trata de extraer de la realidad/ficción construcciones cognitivas relacionadas con el sentido común, la magia, la ciencia o la incertidumbre, muy arraigadas entre el público.

Asimismo, hay quien señala que toda hipótesis conspirativa se basa en la ruptura de la idea de casualidad, es decir, que nada en la vida política o económica parece casual, de forma que la ausencia de algo, de cualquier mecanismo de la trama interpretativa, se convierte en prueba inequívoca de su existencia. Esta formulación está detrás de lo que comúnmente se conoce como comportamiento paranoico, de ahí que para los conspiranoicos las teorías de la conspiración sean una forma apocalíptica de ver el mundo, un mundo donde sólo existen el bien y el mal, y para vencer al mal es necesario imponer cualquier tipo de autoritarismo, ya sea económico, político o cultural.

De ahí que las teorías de la conspiración funcionen, en cierto modo, como alimento de nuestros prejuicios y temores, hasta el punto de que el propio sistema las pudiera utilizar como instrumento de una verdadera apología del capitalismo, donde una serie de actores propagandistas muestran a unos hipotéticos y misteriosos conspiradores que unas veces están sujetos a las leyes y otras a la inmunidad que el propio poder les otorga, mientras la estructura elitista del sistema social establecido siempre permanece indiscutible.

Existen numerosos académicos del conspiracionismo -término acuñado por Frank P. Mintz- como Karl Popper, Michael Barkun, Robert Goldberg, Daniel Pipes, Mark Fenster, Carl Sagan, George Johnson o Gerald Posner, que lo han tratado desde diversos puntos de vista. Chip Berlet o Matthew Lyons creen que el conspiracionismo es una forma narrativa de articular un chivo expiatorio que encarna enemigos satanizados contra el bien común, mientras que lo considera como un héroe. Promueve los cambios y refuerza las creencias en el sistema y ejerce un efecto contagio o dominó. Según Erwin Goffman, un reconocido sociólogo, las teorías conspirativas facilitan la descarga emocional o duelo que requieren tales retos emocionales y se dan sobre todo en sociedades que experimentan altos grados de pérdida de poder político, como sucede en la sociedad estadounidense o la europea en la actualidad.

CHINA


La víspera del aniversario del 11-S un reputado analista y asesor político internacional, Timothy Garton Ash, de la Hoover Institution de la Universidad de Stanford, escribía un artículo en El País que iniciaba así: “Entre las numerosas teorías de la conspiración que circulan a propósito del 11-S, una que aún no he visto es que Osama Bin Laden era un agente chino. Sin embargo, camaradas (como solían decir los comunistas), se puede decir objetivamente que China ha sido el mayor beneficiario de los diez años de reacción de Estados Unidos tras las puñaladas islamistas recibidas en su corazón”. En otras palabras, se preguntaba este experto ¿dentro de 20 años hablarán los comentaristas de una guerra de 30 años contra el terrorismo islamista, comparable a la Guerra Fría, y la considerarán el rasgo fundamental de la política mundial desde el 2001?

Garton Ash nos hacía recordar las teorías expuestas en los años 80 por otro analista estadounidense, Samuel H. Huntington, que hablaba ya entonces sobre el choque de civilizaciones (cristiana u occidental frente a islámica u oriental) y decía que el gran peligro que se cernía sobre la hegemonía del imperio estadounidense no era el islamismo, sino China y su poderío cultural y económico. No obstante, Garton Ash avisaba en su escrito que el mundo musulmán, a pesar de la primavera árabe, sigue siendo contradictorio, con territorios y países islamistas cada vez más radicalizados, como Pakistán y Yemen.

Ésa parece ser la clave, mantener la doctrina y la hegemonía, aunque ésta tenga que cabalgar de crisis en crisis o de guerra en guerra, da lo mismo si existe un déficit estadounidense inabordable que cada vez se parapeta más en el poder de expansión chino y en la ruina europea. Según un reciente estudio de la Universidad de Brown, la Administración estadounidense habría gastado en guerras, defensa y seguridad unos 4 billones de dólares desde el 11-S. Pero su actual presidente, Barack Obama, el Nobel de la Paz, que ya habla en tonos bélicos mejor que su antecesor George W. Bush, sigue diciendo que quien realmente tiene un problema es España.

Pero volviendo a las teorías conspirativas, algunos autores como los americanos Jonathan Vankin y Jhon Whalen se están haciendo de oro con la venta de su libro The 80 Greatest Conspiracies of all Time, que ya lleva varias ediciones. Y entre las más impactantes conspiraciones de la historia, por supuesto, la del 11-S, que viene a decir que ese episodio negro de la historia estadounidense fue ideado por el Gobierno de Bush y los intereses bastardos del poder político y económico mundial para imponer un régimen de terror y acabar, entre otras cosas, con el Estado del Bienestar.

Otra muy socorrida es la que acusa a la CIA -el historiador Michael Parenti ha llegado a decir que este organismo de los servicios secretos estadounidenses es una “conspiración institucionalizada”-, Google, Facebook o Twitter de pasar información privada a empresas y gobiernos para controlar a los ciudadanos; la conspiración judeo-masónica internacional es ya antigua, y apunta a que grupos elitistas y sectarios como Bilderberg, Illuminati o el Council of Foreign Relations aspiran a un gobierno global; los misterios de las muertes de John F. Kennedy o Martin Luther King, y más recientemente la muerte y desaparición misteriosa en el mar del mayor representante del mal, Bin Laden (el agente chino de Garton Ash).

CONSPIRACIONES PARA TODOS LOS GUSTOS


También las muertes de Lady Diana de Gales o de Juan Pablo I son materia de conspiraciones de alto secreto; así como las apariciones de pandemias como el VIH, las vacas locas, la gripe aviar, la porcina o la gripe A (H1N1), supuestamente montadas para enriquecer al sector farmacéutico y biotecnológico y aterrorizar a las masas; o la llamada “conspiración electrónica” que consiste en el cambio social radical propiciado por las nuevas tecnologías e Internet para domeñar a la población mundial  (recordemos el famoso “Efecto 2000” con su virus/bomba del milenio); y otra bastante conocida y muy actual es la que dice que la secta de la Cienciología, en la que destaca un tal Tom Cruise, maneja los hilos de Hollywood.

Y hablando de cine estadounidense, son innumerables las películas que cada año se realizan cuya trama es el fin del mundo o el Apocalipsis y que sirven tanto para entretener como para alimentar estas teorías. Incluso festivales tan prestigiosos como la Mostra de Venecia, recientemente finalizada, han acogido algunos nuevos títulos, como el de Abel Ferrara, 4.44 Last Day on Earth, o la película del estadounidense Steven Soderbergh, Contagion, que trata sobre un misterioso virus letal que se transmite por el simple roce y puede acabar con la humanidad. Esta película, al parecer, pretende alertar sobre la expansión de rumores por Internet y sobre las teorías de la conspiración. Curioso, ¿no?

Por cierto, en el campo literario ya saben qué tipo de libros se venden masivamente en los últimos tiempos, y han enriquecido a autores de culto como Dan Brown o Paul H. Koch, aquellos que, como El código da Vinci o Ángeles y demonios, cuentan historias misteriosas y ocultas del mundo y el poder. Un autor más serio, como Umberto Eco, también ha explotado este tema estrella en El péndulo de Foucault, que es una sátira sobre el conspiracionismo de templarios, Illuminati, rosacruces, habitantes de la tierra hueca, cátaros y hasta los jesuitas. Juzguen ustedes y aten cabos.

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Tasio Camiñas es profesor de Comunicación Audiovisual en la Universidad de Málaga, especializado en el rol que desempeñan los medios de comunicación en la sociedad globalizada. Ha publicado el libro “Mitos globales y alteridad”, una mirada crítica sobre el poder mediático y el conflicto intercultural (Los Libros de la Frontera , 2008) y recientemente, “El cielo sobre Wenders” (Luces de Gálibo, 2011). Además, ha escrito artículos en obras conjuntas sobre esa temática, el cine y el documental políticos.

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