POR UN MILLÓN DE FIRMAS

Conseguir que los ciudadanos europeos puedan decidir dónde va su dinero. Parece una utopía pero legalmente es posible. Bastaría con que uno de cada 500 habitantes de la UE firmara una propuesta legislativa. Este es el fin de la Iniciativa Ciudadana Europea (ICE), una herramienta que se asemeja a la democracia directa y que ya funciona. El primer caso ya está en marcha: el grupo Fraternité se afana en conseguir el apoyo necesario para promover que el 10% de los fondos europeos se destinen a programas de movilidad de trabajadores y estudiantes a partir de 2020. A corto plazo, buscan generar la suficiente presión para que se invierta, por lo menos, el 3%. La propuesta puede transformarse en una realidad, sólo hace falta un millón de firmas…
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Por Silvia Curbelo Betancort para GEA PHOTOWORDS

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La jerga europea está llena de tecnicismos. Por eso, para digerirla, se maquillan las palabras con adjetivos más propios de ámbitos más hedonísticos de la vida. Así, un asunto de gran interés o calado se transforma en «sexy» para los tecnócratas. No obstante, los ciudadanos tienden a contemplar con cierto desdén la ‘burbuja europea’, muchas veces sintiendo que su voz no llega hasta los órganos de decisión, en apariencia tan alejados física y emocionalmente de sus demandas cotidianas.

¿Cómo conseguir una Europa más atractiva para los ciudadanos? Esta pregunta ha atormentado a los arquitectos políticos de la Unión y ha derivado en una legislación que coquetea con la democracia directa: la Iniciativa Ciudadana Europea (ICE). Desde la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, los europeos pueden proponer a la Comisión, el órgano encargado de iniciar el proceso legal, que envíe a los co-legisladores (el Parlamento y el Consejo) un proyecto de ley basado en su propuesta.

El camino es pedregoso: primero, un comité formado por al menos siete integrantes de distintos estados miembros debe redactar una proposición, remitirla a la Comisión y, una vez registrada, conseguir el apoyo de un millón de firmantes en el plazo de un año. Si lo consiguen, la Comisión podría comenzar el proceso legislativo basado en sus propuestas, aunque no está obligada a hacerlo.

El grupo Fraternité 2020 ha sido el primero en aceptar el desafío. Esta primera ICE lucha para que el 10% de los fondos europeos se dediquen a programas de movilidad de estudiantes y trabajadores, como las becas Erasmus o las Leonardo da Vinci. Uno de sus impulsores es Luca Coppetti, un profesor de inglés y flamenco que se define como europeísta. Explica que “todo comenzó en 2001, cuando se organizó la primera Convención de Cluny. Yo era uno de los participantes, junto a otras 80 personas. Intentamos redactar una constitución para Europa dos años antes de la convención real, liderada por Giscard d’Estaign. Ésto, por supuesto, no tenía validez legal pero sirvió para reunir a un grupo de personas de distintas ideologías políticas y creencias religiosas para dialogar juntos. Éramos, simplemente,europeos hablando de Europa”.

En 2010 tuvo lugar el décimo aniversario de la convención de Cluny y Coppeti, junto con Markus Gastinger, otro veterano participante y ahora co-organizador del evento, se decidieron a usarla como trampolín de la primera ICE. “Markus me dijo: ¿Ves que ha venido ocurriendo durante este tiempo? Es increíble. Año tras año la gente se reune y se siente europea”, rememora Coppeti. “Queríamos que otros experimentaran lo que vivimos en Cluny, y el tratado de Lisboa nos daba una herramienta para conseguirlo”.

CAZANDO FIRMAS

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Gastinger y Copetti elaboraron un borrador del manifesto que fue votado por los participantes en la décima Convención de Cluny, consiguieron el reconocimiento de la Comisión y empezaron a reclutar voluntarios y a buscar el apoyo de europarlamentarios, académicos, ONGs y asociaciones estudiantiles. Los primeros momentos fueron alentadores: “Empezamos con 5.000 firmas al día cuando el Consejo Europeo se reunió para debatir el futuro de las becas Erasmus en 2013. La gente enloqueció: ¡Oh, no! ¡Mi Erasmus no se toca!”, gesticula Coppeti, “pero cuando concluyó la reunión el número de firmas por día cayó drásticamente. Un millón implica que una de cada quinientas personas en la UE se involucre. Parece muy poco pero es difícil de conseguir porque la mayoría de la gente se entera de lo que ocurre en la UE por los dos minutos del resumen que aparece en las noticias, y claro, no está interesada en dedicar otros dos minutos de su tiempo a firmar por Internet”.

El comité ciudano que conforma Fraternité 2020 cuenta con un integrante español: Miguel Otero. Para este gallego, otra de las dificultades que afronta Fraternité 2020 es su falta de recursos: “No hay mucha gente que pueda dedicarle ocho horas diarias, es la consecuencia de renunciar a tener financiación, aunque ésto es también uno de sus puntos fuertes ya que nos aporta independencia”. Otero se muestra optimista: “La idea no va a morir llegue F2020 al millón de firmas o no. Esta lucha va a continuar porque es el germen de una opinión pública europea. Siempre se ha tachado a la UE como un proyecto de las élites pero esta medida hace que la voz de la ciudadanía se deje oir en las instituciones.”

¿Por qué firmar para Fraternité 2020 cuando se afrontan problemas tan graves como el desempleo y la degradación de los servicios públicos? Coppeti y Otero coinciden: No hay mejor momento que éste. Se trata de aprender idiomas y ganar oportunidades laborales, pero también de adquirir una identidad europea, romper con los estereotipos nacionales, y ganar en salud democrática.

“Con la crisis se está viendo que la gente tiene que mirar más hacia Bruselas e intentar ejercer presión política para conseguir que se preste atención a las causas que deban ser respaldadas a nivel europeo.”, asegura. Otero. Y añade: “La industria, la banca e incluso algunas ONGs llevan mucho tiempo trabajando a nivel transnacional, están muy organizadas y cuentan con lobbistas en Bruselas para encauzar las leyes a su favor mientras que la sociedad civil está muy centrada en el ámbito nacional. La gente debe darse cuenta que hay que hacer presión no sólo a nivel local, autonómico y nacional sino involucrarse a nivel europeo, donde se están tomando muchas decisiones importantes.”

Luca Coppeti, en la misma línea, sentencia: “La ICE no es perfecta pero es un primer paso. A lo mejor dentro de veinte años hacen falta menos firmas y nuestra propuesta es vinculante para la Comisión, pero ésta es la herramienta con la que contamos ahora: ¡Vamos a usarla!”.

Fraternité 2020 podríadefinirse, entonces, como el primer grupo civil que ha usado una competencia de lobby ciudadano incluída en los tratados de la Unión Europea.

¿Sexy o no?

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Silvia Curbelo Betancort, canaria, es licenciada en periodismo en la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Actualmente estudia Asuntos Públicos de la Unión Europea en Maastricht.»

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