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LA CUMBIA GOMERA

Le llamaron `la fiebre del caucho´ y su trascendencia en la sociedad y economía de la época sólo es comparable a la de la «fiebre del oro» que azotó California a mediados del siglo XIX. Este año se cumple un siglo del fin de un sistema esclavista y genocida que tuvo como escenario la selva amazónica. El «oro blanco», como llamaban a la la leche (látex) del «árbol que llora», alumbró prósperas ciudades, como Manaus e Iquitos, donde el dinero corría de la misma forma que la sangre de los indígenas que lo extraían. Una exposición en el Museo Antropológico de Madrid, patrocinada por la Embajada de Perú en España, recuerda lo que sucedió. 

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FOTO ©  Editorial Tierra Nueva. Iquitos Perú

Foto cedida por la embajada de Perú.

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Por Miguel Donayre para GEA PHOTOWORDS

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Hay un mito que merodea en ciertos pueblos indígenas de la floresta que refiere que la región de los bosques se ha esbozado transitoriamente porque la intervención de la persona humana, finalmente, pulirá sus defectos. Es la reciprocidad y complementariedad, que son valores amazónicos. Una de esas muestras de los valores aludidos es el uso de la yuca brava de parte de los Uitoto, es una variedad venenosa. Lo transforman, luego de amasarla y cocerla, en almidón que es la base para el casabe [es una tortilla de yuca] y el tucupí [es una salsa negra picante]. Han transformado el veneno en alimento, cumpliendo con lo pergeñado en el mito antes citado.

Pero no todo fue y es celeste. En el caso del caucho ha sido una de las intromisiones de la globalización económica que más daño ha producido. Y de paso se alejó del amparo de los valores amazónicos citados. Es que la explotación gomera puso de patas arriba a la Amazonía continental. Los exabruptos caucheros pueden verse en la visita al Teatro Amazonas de Manaos, Brasil, donde se importaban escupideras de Bélgica o en la desolación en la Amazonía boliviana. La explotación de la goma o del oro blanco, significó una gran sangría y muertes en la zona [alrededor de  entre 10.000 a 30.000 personas], principalmente, en el Putumayo. Lo testimonian el juez Valcárcel, el diplomático Casement y las declaraciones de indígenas de la época. A pesar de ello y por desgracia, la Amazonía sigue siendo un mundo lleno de lugares comunes.

Recuerdo que mi interés por el período cauchero me hizo hurgar por un vetusto archivo en la Corte Superior de Justicia de Iquitos. El archivero se sorprendió porqué nadie había pisado ese lugar. Pensaba que era un chalado. Las causas judiciales andaban regadas por el suelo y sin orden. Cerca de esos papeles las cañerías rotas de agua y cables de luz eléctrica. Era una bomba de tiempo. Allí me pasaba unas dos horas cada vez que podía. El calor era intolerable hacia el mediodía. Lo curioso es que los escribas hablaban como si lo conocieran y desdeñaban mi paso por el sótano de la Corte Superior. Qué manera de perder el tiempo, haragán, ocioso, me lanzaban las pullas. Allí
me encontré con folios amarillentos de expedientes judiciales [pude escribir la historia de un indígena litigante que defendía su tierra de barbechos, porqué estaban descansando].

Y, con la grata sorpresa, de toparme entre los expedientes judiciales con el libro escrito por el magistrado Valcárcel, quien dio la campanada denunciando la barbarie y soportó estoicamente la hostilidad de la ciudad que se preguntaba ¿por qué investiga la muerte de esos indios? Fue mi punto de inflexión. Eso me impulsó a remover esa época, más cuando un incendio de la ciudad, de los tantos, devoró el archivo. Curiosamente, el libro escrito en 1915 por este magistrado anexaba fotografías que apoyaban y fortalecían su argumentación contra esos crímenes. Es que ante esas acusaciones de la muerte de indios en el Putumayo, la fotografía fue un arma que utilizaron propios y extraños para defenderse o acusarse. Dependiendo el lado del camino [recordemos que las fotografías tomadas por Roger Casement en los territorios de Arana, se perdieron]. Sigue leyendo →